Ana Julia iba a la tumba de Gabriel cada día por si habían escarbado las alimañas

«¿Por qué no registraron la finca de Rodalquilar?». La fiscal Elena Fernández lanzó la pregunta incómoda al teniente de la Guardia Civil que comparecía como testigo y que fue el instructor de las diligencias del caso Gabriel. «Porque los familiares estaban allí, habían dormido incluso dos noches y nosotros buscábamos al niño vivo», respondió sin dudar. «Igual que no registramos la casa de Las Hortichuelas». La imagen de Gabriel vivo sobrevoló ayer la Audiencia de Almería en forma de palabras; una ilusión, una entelequia que se mantuvo varios días. Los investigadores, una vez que enfocaron a Ana Julia tras el «milagroso» hallazgo de la camiseta del pequeño el día 3 de marzo, siguieron barajando que la mujer podía haberlo raptado y contar con un colaborador. No dejaron de creer que en algún momento pidieran un rescate. Y así mientras la cercaban, la escuchaban a través de los teléfonos, investigaban su poco ejemplar pasado en Burgos –con tres parejas a las que esquilmó– y observaban cada movimiento que hacía, siguieron creyendo en esa posibilidad. La contrariedad de la sospechosa cuando los padres de Gabriel barajaron subir la recompensa a 30.000 euros y no lo hicieron por recomendación de la Guardia Civil alimentó esa idea. Igual que su manejo de los teléfonos: perdió el móvil dos veces en menos de 48 horas, se cambió el terminal con su hija en cuanto esta aterrizó en Almería y esa búsqueda de anonimato la interpretaron los agentes como la argucia de quien ocultaba al niño; vivo. «Ella alentaba esa idea a través del teléfono». Hasta el día 11. Esa mañana cualquier esperanza quedó sepultada. Tumba temporal El teniente, igual que más tarde el sargento, responsable del Grupo de Homicidios de Almería, desgranó los detalles de los días amargos y los cientos de gestiones en las que se afanaron. Contó que el 98 por ciento, «casi todos los días», Ana Julia fue a la finca de Rodalquilar. A sus cercanos les decía que allí encontraba paz. «Iba porque tenía enterrado al niño de forma temporal. Lo que quería era verificar que ninguna alimaña, un jabalí o un conejo, hubiera escarbado la tumba. Tardaba diez minutos». El tiempo que le llevaba comprobar que Gabriel seguía en ese hoyo inmundo. «Esos días llovió lo que nunca había llovido en Almería», recordó el oficial. Quien investiga un crimen se basa en un arsenal de datos, pero también se fía de su intuición, de su olfato. El instructor aseguró que tenía la sensación de que la tumba de Gabriel era temporal, para dos o tres días, pero la presión de los agentes y la avalancha de medios complicó los planes de la acusada. «Retrasó la idea que tendría ella de mantener el cuerpo allí; no cabía, debía llevarlo a un sitio seguro». Los agentes desmontaron el supuesto arrepentimiento esgrimido por Ana Julia en su declaración y su deseo de suicidarse, y detallaron que se dedicó a anticiparse a los movimientos de los investigadores. Era ella la que cogía el teléfono cuando querían hablar con Ángel, la que asumía la representación. «Se ponía la tirita antes de la herida. Al decirle que íbamos a registrar los coches de la familia nos anunció que encontraríamos ADN del niño porque se había subido en el vehículo». Fue ella quien trató de dirigir las sospechas contra su exmarido Sergio contando a la Guardia Civil que tenía una furgoneta blanca y colocando la camiseta a 500 metros de la casa de su expareja. Ese día, el que encontraron la prenda Patricia, la madre, ya sospechó de la novia de su marido y así se lo dijo a los agentes. «Pero con meras sospechas no podíamos detenerla». Ana Julia no llevaba pastillas como para suicidarse, su última versión: apenas diez o doce comprimidos de relajantes musculares y una bolsita de cocaína sobre la mesita de noche. Alguien que se quiere suicidar no se jalea y se alienta. Ella lo hizo. Justo antes de desenterrar al pequeño y meterlo en el maletero del coche se la oye decir: «Tranquila, Ana, no vas a ir a la cárcel». Luego siguió un itinerario errático hasta Vícar, vigilada en coche, escuchada en directo y fotografiada. Dio tantas vueltas que los investigadores creyeron que quería deshacerse del cuerpo del niño arrojándolo al mar. Cuando la detuvieron y un agente le ordenó que abriera el maletero ella, calmada, respondió: «Aquí solo hay un perro». En los días anteriores a la muerte del niño había buscado un vídeo con las diez plantas más venenosas. No le hicieron falta. Francisco Cruz, tío del pequeño Gabriel, contó ayer que la acusada eligió el día del crimen a sabiendas de que esa jornada nadie iría a la finca de Rodalquilar. Su mujer y él estaban trabajando; sus hijas se habían quedado en casa –la pequeña tenía fiebre– y, por supuesto, sabía que el padre del niño llegaría tarde. Tenía el lugar y tenía el día. Faltaba la tumba.
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