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eldiario.es - Cultura
  1. Cuáles son y de qué tratan los 30 libros LGTBI retirados de las escuelas en Castellón El Ayuntamiento de Castelló de la Plana había preparado un reparto a centros educativos de ejemplares de una lista de 31 libros que promueven la inclusión y el respeto por la diversidad sexoafectiva. Pero la organización ultraconservadora Abogados cristianos lanzó una recogida de firmas contra ello e interpuso una demanda en un juzgado. La jueza la admitió e impuso la medida cautelarísima de retirar esta serie de libros de temática LGTBI. En Les Corts valencianas, el portavoz de Compromís, Fran Ferri, mostró un ejemplar de su propiedad de uno de los libros de la lista, Gay sex, el cual recibió un mensaje de burla por parte de un deiputado del PP cuando Ferri recalcó que eran libros que cuidaban "la autoestima". "Es un derecho de los menores tener la formación adecuada", han dicho algunos de los editores y autores de los libros secuestrados.Esta es la treintena de lecturas recomendadas para luchar contra la homofobia y fomentar el respeto por los derechos del colectivo LGTBI.1. Corcel de fuego, de Lucía Sánchez Saornil (Torremozas) Saornil es una autora libertaria y lesbiana, poeta del movimiento literario ultraísta y comprometida con la causa feminista y anarquista, como demuestra su afiliación a la CNT desde el 1931. Falleció de cáncer a la edad de 74 años, pero durante toda su vida participó activamente en la lucha antifascista. De hecho, creó la organización Mujeres Libres que llegó a alcanzar 20.000 afiliadas. Corcel de fuego es, precisamente, una obra que sirve para ahondar en sus pensamientos a través de su evolución como poeta.2. Leia, Rihanna & Trump, de Proyecto Una (Descontrol)El feminismo ha llegado a la cultura pop y su rastro puede encontrarse incluso en obras pensadas para el consumo masivo, como es el caso de Star Wars. Sin embargo, cada vez que existe una muestra de estos, las redes sociales reaccionan contra el terror. ¿Quiénes son? La batalla de la alt-right y el conservadurismo, que ven cuestionados los principios culturales de los que hasta ahora se habían servido.3. No vine a ser carne, de Gata Cattana (Aguilar)Es un compendio de poemas y textos inéditos publicados tres años después del fallecimiento de Gata Cattana, que murió de un choque anafiláctico en marzo de 2017, a punto de cumplir los 26 años. "Me ha costado, es algo que atesoras y no puedo saber si a ella le interesaría sacarlo", explicaba a elDiario.es Ana Llorente, madre de la artista.4. Lesbianas, así somos, de Marta Fernández Herraíz y Kika Fumero (Lo que no existe)Intenta descubrir una realidad que, incluso hoy día, sigue silenciada. De ahí que las dos autoras, referentes del colectivo feminista y lésbico, hayan decidido hacer una radiografía de cómo es el mundo de las lesbianas a partir del resultado de una encuesta en la que participaron más de 5.000 mujeres de España y Latinoamérica. Cuándo descubren que aman a otras mujeres, cómo son las relaciones de pareja, cómo forman familias… son solo algunas de las cuestiones abordadas para, precisamente, dejar de lado la ‘otredad’ en pos de la normalidad.5. Después de lo trans, de Elisabeth Duval (La caja books)"He aquí un ensayo sobre necesidades, contingencias, errores en la delimitación, gilipolleces ajenas y propias... y un sentimiento generalizado de estar hasta el coño", es como Elizabeth Duval, escritora y filósofo, definió su propio libro al ser preguntada por este periódico. Se trata de una panorámica sobre lo trans con vocación académica que, además, pone en cuestión algunos postilados de la teoría queer.6. ¿Y si fuéramos nosotros?, de Becky Albertalli y Adam Silvera (Puck)Es la historia de Arthur y Ben, dos jóvenes que después de conocerse y tener un encuentro fugaz acaban perdiendo el contacto. No es una novela densa, sino más bien un relato sencillo cuya única pretensión es la de contar cómo puede ser el comienzo de una relación, en este caso homosexual7. Transfeminismo o barbarie, de Aingeru Mayor e Alii (Kaótica libros)Una obra compuesta por 15 voces diversas que pretenden acercarse a las luchas transfeministas realizadas desde diferentes voces. También pretende poner el acento en los ataques tránsfobos que están surgiendo desde diferentes sectores, incluidos algunos realizados desde grupos autodeterminados feministas.8. Libérate, de Valeria Vegas (Dos Bigotes)Es como una enciclopedia de la liberación del colectivo LGTBIQ en España. Vegas recopila más de 100 artículos, dispuestos a modo de diccionario, que arranca a principio de los 60 y llega hasta principios del siglo XXI apuntando las adversidades que tuvieron que pasar sus protagonistas en función de la época que les ha tocado vivir. También es un recordatorio de que, aunque se han dado pasos, todavía queda camino por recorrer.9. We too, de Octavio Salazar (Planeta)Salazar pretende extender la filosofía del movimiento #MeToo a los niños para, de esta manera, transformar a los hombres desde un punto de vista feminista. Para ello propone alcanzar la igualdad sin mordazas, desde la educación temprana y abriendo espacios de reflexión que ayuden a abandonar la lógica de una sociedad patriarcal.10. A la conquista del cuerpo equivocado, de Miquel Missé (Eagles)Missé, sociólogo y activista, aborda en un relato diferentes cuestiones derivadas de la transexualidad. El libro es un realidad un debate que pone sobre la mesa cuestiones tan complejas como la sensación de malestar de algunas personas trans con su cuerpo y dónde está el origen de esto.11. Orgullo, de Josema Busto (Bruguera)Para la celebración de los 50 años de lucha LGTBI, desde el origen de las primeras marcha en Stonewall, Busto creó este libro ilustrado con 50 "héroes" de la visibilidad del colectivo, publicado en junio de 2019. Entre ellos está Carlos Berlanga, Ellen DeGeneres o Divine, con dibujos de cada uno de ellos así como un breve perfil biográfico.12. Orgullo, de Matthew Todd (Anaya)Para conocer mejor qué es lo que celebra 50 años el libro anterior, este ensayo explica cómo se origina en la redada en el bar neoyorquino Stonewall Inn, donde se reunía la disidencia sexual en 1969. Aquella noche nación el movimiento conocido como "Orgullo" y este libro transporta a ese momento y lugar, así como a las protestas que se produjeron los días posteriores.13. Con amor, Simón, de Becky Albertalli (Puck)Una novela juvenil sobre amor, diversidad e identidad que plantea los conflictos amorosos entre un grupo de amigos, así como el mal comportamiento de los intransigentes, escrita por una conida autora de ficción para jóvenes adultos. El libro tiene una adaptación al cine en 2018.14. ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, de Jeanette Winterson (Lumen)Con este extraordinario título que por sí mismo es una novela, arranca la trama cuando la madre de una chica de 16 años le hace esta pregunta, después de que ella le anuncia que está enamorada de otra chica. Una madre controladora y religiosa y una hija que se rebela contra ella.15. El amor del revés, de Luisgé Martín (Anagrama)Una de las voces más interesantes de la narrativa actual escribe esta novela valiente como autobigrafía sentimental de un adolescente homosexual durante la Transición. "La vida de un raro, de un monstruo", dijo el propio autor. Un gran libro sobre el amor y la soledad del que se siente diferente.16. La cultura de la homofobia y cómo acabar con ella, de Ramón Martínez (Egales)Una reflexión sobre la violencia, la intolerancia y la LGTFBIfobia que sigue existiendo a pesar de los avances políticos de las últimas décadas. Escrito por un filólogo y profesor de Secundaria, esta llamada de atención para no bajar la guardia está prologada por el expresidente del Gobieno José Luis Rodríguez Zapatero.17. Cuando muera Chueca, de Ignacio Elpidio Domínguez Ruiz (Egales)Con el barrio madrileño de Chueca como partida, este ensayo explora como ese espacio de libertad, que ha acabado gentrificado, se expande hacia otros espacios. Por tanto es una reflexión sobre la lucha LGTBI desde el urbanismo y sus procesos económicos.18. Un año sin nombre, de Cyrus Dunham (Egales)Una novela autobiográfica de una persona que se siente "visitante en su propio cuerpo", a caballo entre dos identidades, por lo que inicia una transición de género a la vez que da el paso a la edad adulta.19. Familias modernas, de Susan Golombok (Siglo XXI)Un ensayo desde la psicología para abordar la crianza en familias diversas después de dos décadas de investigación en todo tipo de estructuras y orígenes familiares. El libro refuta los mitos sobre las teorías basadas en el desarrollo infantil en familias tradicionales.20. Chicas que entienden in-visibilidad lesbiana, de María Ángeles Goicoechea, María José Clavo Sebastián, Olaya Fernández Guerrero y Remedios Álvarez Terán (Egales)Testimonios reales en primera persona de mujeres de todas las edades que se sienten sexualmente atraídas por otras mujeres. Un estudio realizado por cuatro investigadoras de la Universidad de La Rioja donde se ahonda en la lesbofobia.21. Gay Sex, Manual sobre sexualidad y autoestima erótica para hombres homosexuales, de Gabriel J. MartínConsejos prácticos, información al grano, desmontaje de prejuicios. Un libro realmente útil sobre las relaciones sexuales entre hombres tanto la parte física como la emocional.22. De nombre y hueso (Egales)Muerte, monstruos, identidad y amor tóxico se reúnen en esta antología de relatos creada e ilustrada completamente por personas trans. "¿Qué sucede si a aquellas personas que se les dicen son ‘lo extraño, el otro’ les dices que escriban terror? Que salen relatos muy diversos, que versan desde historias de ángeles y seminarios, a duelos de varios tipos, comienzos en nuevas ciudades y manos manchadas de sangre para poder sobrevivir", escribe David Orión Peña, impulsor del compendio editado por Egales.23. No estamos tan bien, de Rubén Serrano (Temas de Hoy)Mientras todavía duele la muerte de Samuel, el joven de 27 años asesinado de una paliza al grito de "maricón", Ruben Serrano recupera otras historias por las que No estamos tan bien. La editorial lo califica de gran reportaje porque en el fondo se trata de una investigación sobre cómo es crecer y vivir en España siendo queer. Los protagonistas no comparten barrio, ni ciudad, ni orígenes ni empleos. Solo el dolor de saber que hay violencias que llegan a todos los rincones.24. Jo sòc així i aixó no és un problema, de Fani Grande (Editorial Vincle)El libro de Grande nos transporta con sensibilidad mediante una protagonista principal por varias historias de transexualidad, intersexualidad o sexualidad sentida. El libro, según su autora, está pensado para leerse con adolescentes en centros de secundaria y bachillerato, justo donde los ha censurado Castellón. En él se abordan lacras tan actuales u cruciales de de nuestra sociedad como la transfobia, el bullying, la depresión y hasta el suicidio entre la gente joven.25. El fin del armario, de Bruno Bimbi (Editorial Anaconda)Bimbi abandonó Brasil en 2019 por culpa del ambiente y las políticas homófobas de Jair Bolsonaro. Entonces reeditó su libro sobre los avances y luchas que han llevado a cabo los colectivos LGTBI en el mundo y las que aún quedan pendientes. Como novedad incluyó el capítulo República de Gilead, donde alerta sobre los discursos peligrosos de los políticos actuales y del auge de la extrema derecha en España y en Estados Unidos.26. Transexualidades, de Miquel Missé (Egales)Históricamente, la transexualidad ha despertado un gran interés en el campo de las ciencias de la salud y de las ciencias sociales. "Todavía hoy surgen teorías que, de manera casi obsesiva, quieren explicar por qué las personas trans existimos. Podríamos cambiar el enfoque por una vez y plantear que el conflicto y el debate que genera en nuestra cultura es la transfobia", expresa Missé, sociólogo y activista trans, en el prólogo de su ensayo.27. Cómo superar un bollodrama, de Paula Alcaide (Egales)La psicóloga desglosa la vida afectiva de las mujeres que mantienen relaciones con otras mujeres. Explora la falta de deseo sexual, las relaciones tóxicas, las rupturas, la situación de enamorarse de una heterosexual, los celos, los malentendidos y las crisis de pareja. Es decir, los altibajos de todas las relaciones sexoafectivas pero atravesados por la perspectiva lésbica y LGTBI. "Cuando más perdemos es cuando aprendemos a ganarnos a nosotras mismas".28. Ahora que ya lo sabes, de Oriol Pamies (Libros Cúpula)Pamies es fundador de una empresa especializada en turismo LGTBI y después de recibir toneladas de mensajes sobre el descubrimiento de su sexualidad, decidió narrar lo que a él le hubiera gustado leer. A través de su experiencia y sus vivencias personales, el autor toca temas como la orientación, la identidad o expresión de género, los prejuicios y la homofobia, la aceptación y el proceso de salir del armario.29. Queer, una historia gráfica, de Meg-John Barker y Julia Scheele (Melusina)Esta historia ilustrada tiene cinco objetivos: abrir el apetito para que te apetezca descubrir más cosas; explicar cómo la teoría queer se hizo necesaria como manera de cuestionar ciertas suposiciones populares sobre sexo, género e identidad; presentar algunas de las ideas clave de la teoría queer y sus pensadores, así como algunas de las tensiones internas, además de las diferentes direcciones que ha tomado estos últimos años; extraer de la teoría queer aquello que sea más útil para nuestras vidas diarias, nuestras relaciones y nuestras comunidades; e invitar a conocer la teoría queer y animar a pensar de forma queer.30. LGTB para principiantes, de Daniel Valero (Mueve tu lengua)Este libro pretende ser una guía básica para desmontar estereotipos y prejuicios hacia el colectivo. "No me gusta la palabra manual porque somos mariquitas, no lavadoras", expresa el autor. No obstante, Daniel ha mantenido el punto de humor negro para crear una lectura amena y didáctica. El libro se dirige a dos públicos diferenciados. Por un lado, a personas LGTB que quieren formarse sobre activismo o en la historia del colectivo y, por el otro, a las que no forman parte del colectivo pero quieren informarse porque "vivimos en comunidad".31. Transeducar: arte, docencia y derechos LGTB, de Ricard Huerta (Egales)Huerta plantea el transeducar desde dos vías: las aulas y el arte. "La importancia de revisar los estereotipos existentes sobre sexualidad, género y orientación sexual se evidencia de tal modo en la refexión sobre los usos cotidianos que debería estar presente, de manera transversal, en todas las asignaturas del currículo. Si bien conviene organizar periódicamente jornadas y conferencias específcas al respecto, no debemos reducir el ámbito de nuestras acciones para trabajar la diversidad a gestos puntuales, sino que debemos impregnar nuestras tareas diarias de actitudes que sirvan también para luchar contra la homofobia y la transfobia", resume en el décimo capítulo.
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  2. Wes Anderson pretendía amar el periodismo pero se enamoró de sí mismo A lo largo de su obra previa, Wes Anderson no se ha interesado demasiado por el periodismo. Cuando lo ha hecho, no obstante, ha sido suficiente para percibir que era algo importante para él, o que al menos le merecía una fuerte reacción, capaz de dialogar con sus inquietudes recurrentes. El mejor ejemplo lo encontramos en la que con toda probabilidad es su mejor película, Fantástico Sr. Fox, producción animada que adapta a Roald Dahl tomándose múltiples licencias. Por ejemplo, cuando el zorro protagonista deja atrás sus actividades depredadoras para formar una familia y abrazar, sí, el periodismo, ser convierte en columnista. El guion de Anderson y Noah Baumbach no duda en hacer mofa del intento del señor Zorro por ser alguien que no era.El periodismo, entonces, no constituía tanto una impostura como, vinculándolo al tema principal de la película, una garantía de civilización. Fantástico Sr. Fox narra la trágica historia de un animal que deja atrás su naturaleza primigenia para abrazar una humanidad que echa a perder sus instintos y hace peligrar su rol como defensor y proveedor familiar. Escribir cada semana un articulillo de opinión se antojaba ridículo e inoperante cuando los suyos corrían peligro, y este malestar existencial entronca fácilmente con el catálogo restante de personajes de Anderson: seres que no se encuentran cómodos en su propia piel, que se engañan a sí mismos, que intentan proyectar una imagen tan cuidadosamente falsa y manufacturada como el estilo visual de este director texano. El periodismo apuntaba a ser, por tanto, una puerta de entrada a esa socialización finalmente ingrata, algo así como un pacto colectivo que domestica subjetividades.Teniendo esto en cuenta, era inevitable acercarse a la décima película de Wes Anderson con suspicacia. El firmante de La crónica francesa es consciente de cómo el periodismo, sobre todas las cosas, nos sitúa en la sociedad y nos perfila como grupo, pero teniendo en cuenta que esta sociedad siempre ha sido mostrada en su cine como algo conflictivo y asfixiante, no cabía esperar una reflexión optimista sobre él. O, al menos, una reflexión con interés por lo material. Fue quedando claro cuando La crónica francesa apenas tenía terminado el guion, y Anderson se refirió a la temática que trataba con una desgana elocuente: "No es una película sobre la libertad de prensa", aclaró, "pero cuando se habla de los periodistas supongo que también se habla de lo que ocurre en el mundo real".Más o menos desde Academia Rushmore, su segundo largometraje, el desinterés de Wes Anderson por la realidad aprehensible ha ido trascendiendo el guion para contagiar su puesta en escena al completo. Los delirios de los protagonistas de su debut Bottle Rocket se chocaban contra las carencias de nuestro mundo, pero este no dejó de mutar en las películas posteriores para adecuarse a los delirios susodichos y reflejar la insatisfacción de un modo distinto, que acabó consagrando a Anderson como uno de los autores más reconocibles de su generación. Planos cuidadosamente simétricos, de colores exquisitos, con una tipografía concreta y afloración de temazos de la invasión británica: Anderson había diseñado un mundo a su medida en el cine, definido por un control absoluto de lo que en él sucedía que, paulatinamente, iba marcando distancia frente a los espectadores.Quizá podamos distinguir dos puntos de inflexión en esta huida de la realidad. En primer lugar, cuando Fantástico Sr. Fox le reveló que la animación era el medio idóneo para exacerbar este control y le motivó a repetir jugada en Isla de perros. Y en segundo, muy emparentado con La crónica francesa, cuando El Gran Hotel Budapest refrendó este ensimismamiento utilizando una narrativa al estilo "muñeca rusa": una historia dentro de una historia dentro de una historia, con varios interlocutores contando lo que otros interlocutores les habían contado previamente.La superposición de puntos de vista estrechaba los márgenes de la ficción central, transformándola en algo pequeño y constreñido —la maqueta convirtiendo "el gran hotel" en una cápsula— donde Anderson, más que nunca, podía disponer de sus personajes a placer. El mundo de Wes era, pues, una maqueta diminuta, cuya pequeñez intensificaba la claustrofobia de sus habitantes sin que pudieran hacer nada para escapar. Y quien dice personajes, dice la posibilidad de una narración mínimamente interesada por lo que ocurría fuera de la maqueta. Así llegamos a La crónica francesa, ambientada en un escenario aún más pequeño como es el último número de una revista. La Crónica Francesa de Liberty, Kansas Evening Sun, una publicación estadounidense que se ocupa de la actualidad francesa gracias a la localización de su oficina en la ficticia ciudad de Ennui-sur-Blasé. La nueva película de Wes Anderson nos propone una lectura en clave audiovisual de este número de despedida, con sus textos cobrando vida y destacando tres reportajes a modo de historias independientes que ocupan la mayor parte del metraje de La crónica francesa. En este sentido, y frente a la sensación de gratuidad que exhibía la enrevesada diégesis de El gran hotel Budapest, el emplazamiento de La crónica francesa es más sofisticado y posee un encanto indudable, invitándonos a contemplar las portadas del kiosco como puertas de entrada a mundos enigmáticos, polifacéticos y llenos de interés. Claro está, no cualquier publicación valdría para un empeño así —o para una película de Wes Anderson que los fans reconocieran como suya—, y la elección del modelo también resulta enormemente reveladora.La Crónica Francesa viene a ser el álter ego del famosísimo New Yorker, de casi un siglo de antigüedad. Fundada por Harold Ross (clara inspiración del personaje que encarna Bill Murray) y Jane Grant, esta publicación se ha erigido durante décadas como un referente del periodismo inquisitivo, también pudiendo ser entendido este como un ejercicio rabiosamente literario y estético. Las firmas de las que ha presumido durante su trayectoria —de Salinger a Hemingway pasando por Capote o Arendt— lo confirman tanto como el cuidadoso envoltorio que ha acompañado sus escritos. El New Yorker tiene un look propio, desde esas caricaturas que han ido más allá de las páginas hasta una tipografía concreta, y la totalidad de su armazón conceptual otorga distinción a quien lo adquiere. Si pensamos en el New Yorker pensamos, con total seguridad, en imágenes atractivas. Por supuesto que Wes Anderson es un orgulloso suscriptor, y por supuesto que La crónica francesa lo homenajea de arriba abajo. Olvidando, oportunamente, el periodismo en sí.Es decir, La crónica francesa no olvida el periodismo, pero sí su energía sociopolítica. El viaje que nos propone a las páginas de un suplemento está tan marcado por el regodeo en su belleza plástica como por la asunción de que esta está llamada a desaparecer, víctima de la digitalización —de la que también ha sido objeto el New Yorker, por otra parte— y de la consecuente desaparición de los kioscos. Por supuesto, Anderson no apela directamente a este asunto —eso significaría molestarse en poner los pies en la tierra por una vez—, pero se antoja obvio desde el aire melancólico y el abundante blanco y negro que baña la película, presentándonos situaciones únicamente posibles en una era analógica e inocente. Tampoco es de recibo calificar la mirada de Anderson como reaccionaria, sin embargo, ya que su ímpetu es exclusivamente estético y está marcado por la misma pulsión que se ha adueñado de toda su filmografía según se consolidaba su desdén por el mundo y el pacto social: el fetiche.El espíritu fetichista de la filmografía de Wes Anderson también tiene un punto de inflexión, correspondiente a cuando utilizó la India al completo como paño de lágrimas para sus protagonistas blancos en la espantosa Viaje a Darjeeling, y constatado alegremente a través de esa ejemplar dosis de orientalismo destilado que es Isla de perros. La crónica francesa, quizá por lo acotado de sus márgenes, es algo menos irritante que los títulos mencionados, e incluso se las apaña para acicalarse con un poco de honestidad extra. No solo por el legítimo esfuerzo de que alguien quiera homenajear la revista que baja a comprar cada semana, sino también por cómo su otro gran referente forma parte inseparable de la educación cultural y sentimental de Anderson: la admiración por 'lo francés' que se reconoce plebeya, expresada por un texano que contempla maravillado Europa. Ya ocurría en El gran hotel Budapest con respecto a la obra de Stefan Zweig, pero La crónica francesa amplía más el tiro, y enfatiza mucho mejor los elementos que siempre han formado parte de la filmografía de Anderson, hasta el punto de que no sea descabellado considerar este último film como una "obra compendio": una síntesis absoluta de lo que ha sido su cine, refrendada por la ausencia de un guionista que no sea él mismo. El cine de Wes Anderson siempre ha estado muy influido por la Nouvelle Vague y por François Truffaut, hallando en el gran héroe de la obra de este último, Antoine Doinel, un espejo perfecto para sus personajes desubicados e inmaduros. Doinel, interpretado por Jean-Pierre Léaud desde Los cuatrocientos golpes, es cada joven que busca su lugar en el mundo con una mueca entre la superioridad y el analfabetismo emocional, y posiblemente nunca ha encontrado un epígono tan apropiado en nuestro tiempo como el rostro de Timothée Chalamet. Este actor protagoniza el segmento más interesante de La crónica francesa, por cómo articula al completo la propuesta política (o antipolítica) de Anderson. Revisiones de un manifiesto nos lleva a las revueltas estudiantiles del mayo del 68 francés, donde se desplaza una periodista encarnada por Frances McDormand (inspirándose, a su vez, en la Mavis Gallant que cubrió estos acontecimientos para el New Yorker). Gracias a la implicación de la periodista y a la inmadurez del líder que interpreta Chalamet, el discurso revolucionario del movimiento es totalmente desacreditado, y no precisamente atendiendo a las críticas de índole feminista que han releído mayo del 68 en años posteriores: el esfuerzo de estos chavales es ridículo simplemente porque quieren cambiar su mundo desde una hipocresía que el egoísmo y los dramas románticos desmantelarán.Mayo del 68 antecedió por muy poco el estreno de Besos robados, tercera aventura cinematográfica de Antoine Doinel. Y si bien Doinel ya bastante tenía en esta película con sobrevivir y encontrar el amor, el cobarde escepticismo de Anderson ante un verdadero cambio social —ante la noción de lo social como algo positivo o en camino de estarlo— contrasta con el propio rol desempeñado en aquella época por Truffaut, apoyando a los manifestantes e incluso movilizándose para que el Festival de Cannes no se celebrara. Prueba última de que Anderson, abismado en la superficialidad y el descreimiento, ha terminado siendo incapaz de corresponder a la actitud de sus ídolos, y de ofrecer una visión del periodismo que vaya más allá de lo cuqui.
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  3. Maneras de vivir El periodista Fernando Navarro acaba de dar a la imprenta una recopilación de sus piezas escritas durante la pandemia. Al contrario de otros textos pandémicos, los de Navarro no están escritos desde la primera persona, pues los verdaderos protagonistas de sus piezas son los músicos; las víctimas laborales de un virus que ha causado estragos en un Madrid que, a la hora de votar, se decantó por la libertad de mercado representada por Isabel Díaz Ayuso.Porque la gente de Madrid es, ante todo, gente hospitalaria. En uno de los textos del libro de Fernando Navarro, el cantaor granaíno, Enrique Morente, afirma que Madrid recibe a todos "sin señalar de dónde eres". Por eso la gente de Madrid somos la gente menos nacionalista de todo el país. Para confirmarlo, baste apuntar que los dos himnos más representativos de Madrid son canciones de odio hacia la ciudad. "Este Madrid", de Leño y "Pongamos que hablo de Madrid", de Joaquín Sabina, no son precisamente canciones de amor. Están escritas desde la rabia –Leño– y desde la pesadumbre -Sabina-. Pocas ciudades se pueden permitir eso.Ahora sigamos con Ayuso, pues los Cayetanos y los que no lo son, y aspiran a serlo algún día, han votado a Ayuso, dicen, por la valentía demostrada durante la pandemia, al permitir que teatros y salas de espectáculos no echaran el cierre junto a los baretos, manteniendo así un pulso con el Gobierno cuyo resultado se ha traducido en votos a favor de la presidenta de la Comunidad de Madrid.Lo que ha hecho Ayuso es mantener una actitud temeraria. Y lo que aquí sucede es que se confunde la valentía con la temeridad; siendo la primera una virtud por la cual el ser humano se enfrenta a una situación difícil, cosa que nada tiene que ver con la temeridad, que viene a ser una solución imprudente con resultados catastróficos. Tener al frente de las instituciones a alguien temerario es malo, pongamos que nefasto. Recordemos lo ocurrido en Rusia, durante la crisis de rehenes del teatro Dubrovka de Moscú, cuando más de un centenar de rehenes murieron gaseados en la acción encargada por el presidente Putin a las fuerzas especiales. Pero como los terroristas fueron eliminados, pues la gente más mostrenca aplaudió a Putin por su mal llamada valentía, que aquí, en España, es sinónimo de grandeza testicular. Algo parecido ha hecho Ayuso, abriendo bares y lugares de ocio durante la pandemia. Si analizamos la situación, hacer lo que hizo Putin o Ayuso es lo más fácil. Lo prudente, y lo suyo en el caso de Ayuso, hubiese sido establecer ayudas a los músicos y a los cómicos, a los artistas y a la gente que se gana la vida dando lo mejor que tiene sobre un escenario. Por decir no quede que las ayudas se hubiesen extendido a sus amados hosteleros, pues, en este país de servicios, la hostelería es patrimonio cultural y Madrid no se entiende sin su Mahou y sin su bocata de calamares. En pocas palabras, un poquito de sensibilidad hacia los que se levantan con el despertador a dar el callo. Y esta es una de tantas reflexiones que uno se hace tras leer el libro de Fernando Navarro, una recopilación de piezas donde la crítica subyace en cada línea; una historia triste de Madrid y de sus lugares más emblemáticos, así como de sus músicos, víctimas de la pandemia y de una política institucional que no ha estado a la altura. Los buenos libros son los que, una vez terminados, no dejan de formularnos preguntas. Este es uno de ellos. Se titula "Maneras de vivir", y lo acaba de editar Muddy Waters. No lo pierdan de vista.
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  4. Las Huecas, punk sobre las tablas Las Huecas son cinco jóvenes que aún no pisan la treintena y que la están armando desde un pequeño teatro de Barcelona, epicentro de la creación contemporánea catalana, L’Antic Teatre. Se llaman Esmeralda Colette, Andrea Pellejero, Júlia Barnaby, Núria Corominas y Sofía Ana Martori. Después de un estreno que acabó en aplauso atronador en el Teatre Principal de Terrasa, en el Festival TNT, han pasado dos semanas actuando bajo el cartel de "No hay entradas". Pero esta historia no va de éxito, sino de respiraderos de una escena que a veces peca de aburrida. La prueba es que con esta obra, su segundo montaje, tienen a gran parte del sector teatral hablando de ellas.Su nueva obra, Aquellas que no quieren morir, una pieza sobre la muerte y el negocio que la rodea, es simple como un tema de los Ramones: tres acordes y al lío. No quieren ser modernas ni parecerlo y han decidido tirar de raíces netamente teatrales. En algunos momentos de la pieza parecen un Els Joglars transmutado. Pero no se equivoquen: en esta obra las cantan directas: teatro feminista que lo es sin declararlo, una visión del cuerpo femenino desexualizado hasta el extremo y una actitud punk que abole el virtuosismo al mismo tiempo que reivindica lo colectivo.Las Huecas, tras una de las funciones, acogieron sobre el mismo escenario a este periódico. Un diálogo ameno y eléctrico en el que responden sin dobleces, cortándose la palabra la una a la otra, con un pensamiento de colmena que llama la atención. En cierto sentido, haciendo lo mismo que hacen en la escena: actuar como una compañía. Por eso en sus respuestas una voz colectiva surge entre las individuales."Las Huecas nace de la necesidad de hacer cosas fuera del Institut del Teatre. El ambiente del Institut era axfisiante, pura ansiedad. Todo empezó porque nos presentamos a Croquis, un pequeño festival que organizaba el colectivo Atresbandes en el Sala Beckett de Barcelona", explica Esmeralda. "Había que enviar un vídeo de un ensayo y nos inventamos uno de una obra que no existía. Y en ese primer no ensayo, ¡pum!, vimos que ahí explotaba algo, que nos entendíamos. Y nos cogieron para hacer una residencia de la que saldría nuestra primera pieza, Projecte 92".Projecte 92, que se estrenó en este mismo teatro en 2018 y ya asombró a propios y extraños, estaba más enraizada en el teatro posdramático de los noventa. Entre pogo hardcore y baile sincopado, Las Huecas repasaban esa Barcelona fundacional y desmesurada en la que nacieron. Pero tienen claro que no pretenden hacer historiografía romántica con ellas mismas: "Bueno, vieron que estábamos un poco colgadas", apunta Júlia. "Y también influyó que hace cinco años no había grupos de teatro de mujeres. Eso enganchó. Además, no performábamos desde ese lugar ñoño del malentendido teatro de mujer. Por eso caló, porque estábamos jugando a hacer el feo, a hacer de feas", concluye Núria. "Pero no venimos solo del Institut o la sala Beckett. Con ese primer montaje nos chupamos pocos teatros pero muchos garajes, mucha plaza, mucho local autogestionado, trasteros, mataderos abandonados… Ese también es el lugar que nos explica", sigue Núria. "No es lo mismo estar actuando en la Beckett que en el Sant Feliu Fest donde estaban todos los punkarras del hardcore gritándote 'Muuuu bien", explica Andrea sobre su participación en este mítico festival de punk que en 2019 celebró sus 25 años y en el que hicieron una versión más trash de Projecte 92 tirando de la otra cara de la compañía, su banda de punk-rock La Buides.Todas ellas menos Martori, que es la parte técnica de la compañía, acaban de concluir estudios en el Institut del Teatre, entidad docente por antonomasia de las artes escénicas en Cataluña. Tienen un recuerdo de su paso por el Institut ambivalente. Saben que, en cierto sentido, las formó y en otro se reconocen en la definición de las escuelas que diera Thomas Bernhard: puros calabozos educacionales.A la pregunta de cómo se formaron y qué obras les dejaron huella, Andrea dice que su referente es su propia compañera Júlia. "Cuando la veía en clase me decía: ¡cómo mola esta friki! No tengo referentes épicos, tengo a la Júlia", dice. "En mi caso, me acuerdo mucho de la compañía mexicana Lagartijas tiradas al sol y antes, cuando era muy pequeña, de El año de Ricardo de Angélica Liddell", escoge Núria. "Y el montaje de Guerrilla de El Conde de Torrefiel, bueno y La plaza, a ese montaje fuimos todas, me acuerdo de estar volviendo juntas en autobús flipadas", explica Esmeralda. "Yo, si tengo que escoger una función, es la de unas abuelas en Logroño, no sé qué hacían, alguna obra de texto, solo recuerdo que allí encontré algo que no veía en otros lugares cuando miraba: la necesidad, la necesidad de estar ahí, haciendo. Me vi reconocida, hasta entonces solo había visto las obras que ponían en el Teatro Principal de Logroño y aquello no me traspasaba", explica Andrea. "Bueno, también nos inspiran las obras que nos transmiten mucho grinch, mucha vergüenza, en Bachillerato hice mucho clown para empresas de festejos y eso marca", apunta Júlia. "Exacto, cuando haces una animación infantil de mierda, en un cumpleaños de mierda en el que eres la última mierda: ese ridículo…", explica Núria. "Eso en un teatro grande es revolucionario", concluye Júlia.Las Huecas hasta hoy tan solo han actuado fuera de Cataluña una sola vez, en Bilbao con su anterior montaje. Todo indica que eso está a punto de cambiar, pero recelan del mercado teatral, de sus necesidades y sus apremios. Hasta estrenar Aquellas que no quieren morir han pasado más de dos años de creación. Se autodefinen de "creación lenta", algo a lo que se unió la pandemia y la dificultad de crear sin tener ningún tipo de ingreso económico por ello. El resultado es una pieza sobria sobre la ausencia, la muerte y la falta de libertad para vivirla como uno quiera. Siguiendo los gustos del momento del teatro contemporáneo actual, la obra contiene una escena de teatro documental donde Núria Isern, una asistente funeraria encargada de maquillar y preparar a los difuntos, escenifica el procedimiento que lleva a cabo desde que acoge un cuerpo. La escena funciona, el malestar del público al saber que algún día serán ellos los que estén tumbados en esa camilla se palpa durante la función, y además está sobriamente realizada y actuada. Pero la obra tiene varios momentos antológicos. Aparte de un comienzo y un final deslumbrantes, la pieza contiene un baile de las cuatro huecas apoyadas en unos títeres bidimensionales, verdaderas piezas de arte povera, de gran carga poética. Bailan con los muertos, con las ausencias, bailan y las manipulan como a los ciudadanos en los tanatorios. El baile no es ilustrativo, su semántica es oscura y poderosa, y la energía y el movimiento en escena son arrasadores, pura actitud punk agarrada a una profunda investigación del cuerpo y el movimiento. Algo que el tiempo y los teóricos dirán si es un "nuevo lenguaje escénico" pero que cuando uno asiste a él sabe que está frente a algo no visto. Ellas lo denominan el antibaile."El antibaile es bailar mal. Bien pero mal. También se relaciona con el hecho de ser mujeres en escena. Como salir desnudas sin ser sexualizadas. Somos tías. Tenemos una edad determinada, no tenemos cincuenta. Y sabemos que eso genera unas lecturas y unos juicios con los que jugamos. También se trata de encontrar un movimiento propio, no aprendido. Es un baile que se alimenta de la manera de movernos de nosotras cuatro. Nos miramos y nos copiamos pero no hay codificación, no hay coreografía", explica Júlia. "Lo bueno de esta pieza es que hemos comenzado a instaurar un vocabulario propio sobre lo que estábamos haciendo. Hemos estado hablando mucho sobre cómo trabajar con lo sincero pero desde lo impostado, de los niveles de teatralidad, de lo que nosotras llamamos estar siempre de 'retirada permanente', sin acabar nunca de instaurar una tesis, un discurso, que nuestros cuerpos estén siempre en una fragilidad vulnerable. Nunca estar en firme", dice Núria.Las Huecas, con esta obra, quería sobrevivir a su creación. "Ver que éramos capaces y podíamos resistir y seguir juntas", dice Andrea. "Y de alguna manera también queríamos revindicar el teatro. No nos estamos inventando nada, no queremos ser originales, no queremos generar vanguardia. Estamos haciendo teatro de toda la vida, el prehistórico. No somos modernas. Utilizamos el mecanismo teatral, la convención. Y mola. Esta obra es máscara, cuerpo, objeto y diagonales, ya está", dicen.
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  5. El triple control de España para empuñar un arma en una película y las diferencias con EEUU Alec Baldwin ha matado por accidente a una mujer en un rodaje. Esta tragedia ha vuelto a poner sobre la mesa el espinoso asunto de las armas de fuego en el cine. Se trataba de Halyna Hutchins, directora de fotografía de la película Rush, en la que trabajaba junto a Baldwin cuando este disparó una pistola que debía ser de fogueo y que resultó estar cargada. El director, Joel Souza, también recibió el impacto, pero ya se encuentra a salvo, según la policía del estado de Nuevo México.Las características de la muerte de la mujer de 42 años recuerdan a la de Brandon Lee, hijo de Bruce, durante el rodaje de la película El cuervo, en 1993. El actor Michael Massee, que encarnaba a Funboy, apretó el gatillo y salió una bala directa al abdomen de Lee. Normalmente se usan proyectiles de fogueo, pero eran tan caras que la productora decidió adquirir munición normal y vaciarles la pólvora. Nadie inspeccionó el arma y el resultado fue fatal para el joven actor, que falleció a los 27 años, 17 días antes de su boda y a 8 de acabar el rodaje. La investigación posterior concluyó que había sido una negligencia a tal escala que no podía señalarse a un único culpable. La productora tuvo que indemnizar con 700.000 dólares a la familia Lee. Casi dos décadas después de la desgracia, Massee confesó que quedó traumatizado y que estuvo de baja por depresión durante más de un año. "Uno nunca se recupera de algo así", dijo el actor antes de fallecer en 2016. La hermana de Brandon también se ha pronunciado este viernes por la muerte de Hutchins y ha pedido que se eliminen todas las armas de los set de rodaje para evitar que esta fatalidad se vuelva a repetir una vez más. Pero el debate no es nuevo. Aunque en Estados Unidos existe el derecho a la posesión de armas de fuego, estas suelen estar muy controladas en las películas. Se usan las llamadas armas reconvertidas, cuya estructura es real, pero llevan salvas en lugar de balas. El encargado de esto es el props master o jefe de utilería, que es un nivel superior al de jefe del departamento de arte. De ellos dependen todos los accesorios de la producción, desde su adquisición y organización hasta un uso seguro y responsable. Los accesorios pueden ser un tenedor, una televisión, un coche o un arma de fuego, que las suministra un armero. También son ellos, junto a los jefes de utilería, quienes acompañan a los actores antes y durante el rodaje de una escena peligrosa, ya sea con pistolas o, por ejemplo, con "drogas" falsas. Tampoco se pueden considerar atrezzo porque son objetos y sustancias manipuladas por los profesionales durante el rodaje. En el caso de Brandon Lee se usó un cartucho real para rodar un primer plano de la pistola cargándose. Para la escena del disparo a corta distancia, el cartucho tenía que sustituirse por una munición de fogueo, que contiene pólvora pero no dispara proyectiles. La teoría es que una de las balas del primer cartucho se quedó atascada y salió disparada con la pólvora y el fulminante."En lugar de usar una bala, las salvas usan fajos de papel, plástico, fieltro o algodón; este trozo de textil garantiza que la pistola obtenga un cierto nivel de llama", explican dos cineastas estadounidenses que suelen trabajar con armas de fuego en The Conversation. Eso no significa que no sean peligrosas, y quedó demostrado mucho antes del incidente con Alec Baldwin e incluso con Brandon Lee. En 1984, el actor Jon-Erik Hexyms falleció en medio del rodaje de una serie al dispararse en la cabeza con una pistola de salvas. Al parecer estaba jugando a la ruleta rusa, pero la fuerza del jirón de tela fue tal que le hirió letalmente. Los dos expertos de The Conversation reconocen que es tan delicado que últimamente ellos solo la han usado en una escena y en la que no se disparaba contra nadie: "Aun así, hay un armero, un oficial de seguridad y un coordinador de escenas de riesgo. Al menos tres personas que siempre están atentas a las armas en el set", defienden. La policía aún investiga el suceso del rodaje de Rust, pero ya han empezado a alzarse las voces en contra de cualquier arma real dentro de los rodajes de cine. "Este es un gran problema de seguridad laboral", reconocen los cineastas del artículo.El accidente ha conmocionado al sector cinematográfico del planeta. En España, el actor Tristán Ulloa revela que "existe todo un protocolo para que un actor llegue a empuñar un arma de fuego en la ficción". Aquí, "el arma es entregada por el equipo de props –como en EEUU– que son quienes deben chequear e incluso mostrar al actor el cargador y recámara antes de cada toma". Ulloa se encuentra trabajando en estos momentos en una producción estadounidense en la que usa armas de fuego, "y aun sabiendo que los cargadores son de aire comprimido, la aprensión es inevitable"."Es un tema delicado", comparte Mario de la Rosa, ducho en escenas de acción, entre ellas las de La casa de papel, donde interpreta al agente Suárez. "Hay una diferencia grande respecto a si las armas van a dispararse en el set o no". En el primer caso, con las llamadas "armas detonadoras", que producen sonido o expulsan algún material, un equipo de especialistas en armamento se hace cargo de la situación. "Hacen miles de ensayos, se dispara antes al suelo, están muy cerca de ti, se controla hacia donde vas a disparar en el set, te enseñan las recámaras y hasta que los cargadores estén vacíos", revela el actor, que añade que entre toma y toma, estos coordinadores les retiran las armas con cuidado.De la Rosa agradece este acompañamiento y lo echa en falta cuando no se da, que a veces ocurre con las armas de airsoft usadas solo de atrezzo. "Hay gente que lo hace mejor, corrobora que no está cargada contigo y la prueba delante de ti para que todos estemos tranquilos y seguros; y gente que te entrega el arma y ya está", reconoce. "El 99% de las veces pido hacer la comprobación antes de cada toma. Tengo hasta algo de TOC. Una bolita de esas se puede maldisparar y no te va a matar, pero si te da en un ojo te puedo dejar tuerto". La otra diferencia con EEUU es que en España se suelen terminar las escenas de disparos con efectos especiales.El protocolo que mencionan ambos actores está desgranado en una directiva europea. El texto precisa que los países miembros "deben tener la posibilidad de autorizar la adquisición y la tenencia de armas de fuego, componentes esenciales y municiones de la categoría A, cuando sea necesario por motivos educativos, culturales, incluidos el cine y el teatro". La Spain Film Commission, la asociación principal encargada de los rodajes en España, lo explica así a elDiario.es:"Está hiperregulado. Es un doble sistema de control. Primero, haces una solicitud a la autoridad competente para obtener armas detonadoras o material explosivo, que suele ser la Guardia Civil o las policías autonómicas. Estas hacen una evaluación para ver si es justificado y, si el técnico te otorga el permiso, en segundo lugar es obligatorio que un experto armero te acompañe durante el rodaje para revisar y verificar continuamente el material. Si además el rodaje se lleva a cabo en emplazamientos militares, ese control es triple", dice Cristina Gómez desde el departamento de prensa."El sistema de control que tenemos en países como Francia, Alemania, España y hasta Reino Unido es sumamente estricto porque está ligado a los permisos de portación de armas. No tiene nada que ver con Estados Unidos", compara. Gómez asegura que la trazabilidad de las armas y la munición es absoluta desde el momento de la compra, "que se hace a distribuidores autorizadísimos, y hay muy pocos". La persona designada para acompañar durante el rodaje hace un informe detallado sobre las escenas en las que se utiliza el arma, quién la toca, cuántas veces y dónde se guarda. "Durante el rodaje es un fastidio, pero lo agradeces porque sabes que tu personal está sumamente protegido y nunca va a pasar algo así", dicen desde la Spain Film Commision. Todavía hay muchas lagunas en el caso de Alec Baldwin. Si la pistola debía ser de salvas y tenía balas reales, no hubo las comprobaciones necesarias. Se desconoce, además, si el actor estaba rodando o si ocurrió fuera de cámaras, momento en el cual debería haber entregado el arma al prop master. "No hay palabras para transmitir mi conmoción y tristeza por el trágico accidente que se cobró la vida de Halyna Hutchins, esposa, madre y colega, profundamente admirada", ha tuiteado Baldwin horas después del accidente.
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  7. Alec Baldwin mata accidentalmente de un disparo a una mujer durante un rodaje El actor Alec Baldwin ha matado accidentalmente a la directora de fotografía de la película que estaba rodando, 'Rust', al disparar una pistola de atrezo que supuestamente era de fogueo y que no sabía que estaba cargada.Además de la mujer fallecida, identificada como Halyna Hutchins (42 años), los disparos también hirieron al director del filme, Joel Souza (48), que fue trasladado a la unidad de cuidados intensivos del centro médico Christus St. Vincent en las inmediaciones de Santa Fe, en el estado de Nuevo México (EE.UU.).Unas fotografías publicadas por el diario local Santa Fe New Mexican muestran a Baldwin angustiado en la puerta de la oficina del Sheriff de Santa Fe, donde fue interrogado sobre el suceso.El accidente sucedió en torno a las dos de la tarde en el Rancho de Bonanza Creek, donde se filmaban varias escenas del 'western' "Rust", en el que Baldwin ejercía de productor además de protagonista.La oficina del Sheriff ha abierto una investigación para esclarecer qué ha pasado y qué tipo de proyectil tenía el arma, que no se sabe si se utilizó durante la grabación de una escena o en un ensayo."Los detectives están investigando cómo y qué tipo de proyectil se disparó. El incidente sigue siendo una investigación activa", explicó el departamento en un comunicado. Por el momento, las autoridades descartan presentar cargos criminales.El sindicato de directores de fotografía (International Cinematographers Guild) emitió un comunicado que identificaba a la víctima mortal."Recibimos la devastadora noticia de que uno de nuestros miembros, Halyna Hutchins, directora de fotografía de una producción llamada 'Rust' en Nuevo México, murió a causa de las lesiones sufridas en el set", dijo John Lindley, presidente del sindicato."Los detalles no están claros en este momento, pero estamos trabajando para obtener más información y apoyamos una investigación completa sobre este trágico evento. Esta es una pérdida terrible", añadió.La oficina de rodajes de Nuevo México indicó el pasado 6 de octubre que la filmación de "Rust" empleaba a 22 actores, 75 técnicos y más de 230 figurantes, aunque se desconoce cuántos de ellos estaban presentes en el momento del incidente.El accidente recuerda a la muerte de Brandon Lee, hijo de Bruce Lee, durante otro rodaje en 1993. EFE
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