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Historia
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Una familia recibe la carta de un soldado inglés escrita justo antes de morir en Dunkerque: «Lo superaré bien»
«Mi querida madre, por fin puedo escribirte algunas líneas dentro de todo el ajetreo y bullicio de esta vida. Me ha alegrado mucho recibir tu carta y saber que estáis bien. La enviaste el día 12 y no la recibí hasta ayer, para que te hagas una idea del tiempo que ha tardado en llegarme. La razón es que no permanecemos muchos días en un mismo lugar, pero me hace muy feliz recibir tu carta, puesto que no nos llegan muchas noticias hasta aquí. Qué curioso... no es muy divertido estar en la guerra y no saber qué está pasando. Por favor, no te preocupes por mí. Lo superaré todo bien». Así comenzaba la carta que un desconocido soldado británico escribió... Ver Más
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Los 70 días de infierno en el Alcázar de Toledo: la gesta de Franco que aplastó a la II República
Lejos de izquierdas, derechas, arribas y abajos, existen episodios de la Guerra Civil que se han grabado a fuego en la memoria de nuestro país. Quizá uno de los más sencillos de identificar sea el asalto que, a partir de julio de 1936, tuvo como protagonista al Alcázar de Toledo. Y es que, dentro de esta fortaleza, unos 1.300 defensores a las órdenes del coronel José Moscardó lograron resistir durante más de dos meses los constantes ataques del ejército de la Segunda República, el cual contaba con varios millares de soldados, multitud de piezas de artillería, y algún que otro carro de combate. Héroes para unos, villanos para otros, lo cierto es que este grupo de soldados consiguió resistir, contra todo pronóstico, el bombardeo constante de los cañones y aviones republicanos. Sin agua, sin comida y casi sin munición, los defensores realizaron una proeza que, a su vez, fue utilizada por Francisco Franco a nivel propagandístico para mejorar su imagen internacional y elevar la moral de sus combatientes a lo largo de todo el conflicto. El mito que se generó tras la Guerra Civil fue igual de llamativo y convirtió a este asedio, acaecido entre el 21 de julio y el 27 de septiembre, en una verdadera gesta del bando Nacional. Duras condiciones Pero... ¿cómo fue la vida en esos dos meses dentro del Alcázar? Los defensores tuvieron que hacer frente a la escasez de víveres, algo que les obligó, por ejemplo, a tener que matar a sus caballos para poder llevarse a la boca algo de carne. Al menos, eso es lo que ha quedado recogido en el «El Alcázar», un panfleto que, editado dentro de la fortaleza, era repartido a diario entre los combatientes para mantenerles informados de lo acaecido el día anterior y elevar su moral. «Anteayer, por la tarde, comimos un excelente estofado de carne de caballo, excelente en condimentación y en sí; carne sustanciosa y jugosa de blandura casi similar a la ternera fue despachada con júbilo y reconocimiento hacia los autores de la idea; nos dicen que escasísimos elementos, llenos de algún prejuicio imaginativo, tuvieron algún reparo; nada más lógico», explica el número de «El Alcázar» entregado a los defensores el 29 de julio. A continuación, continuaba con una narración pormenorizada de las bondades de la carne de jamelgo: «El caballo es animal limpio y pulcro, al extremo de que ni come, ni bebe nada que no esté en las mejores condiciones; el género de alimentación, exclusivamente vegetal, hace que nada pueda justificar aquellos prejuicios; las condiciones de sabor y alimentación (valor nutritivo), superan las de la raza bovina; el aspecto natural es también mejor que el de las clases comunes de carne». El pequeño diario era utilizado además por Moscardó para dictar nuevas normas entre sus hombres: «También nos indican que se ponga cuidado en la provisión de agua, no cometiendo, si no abusos que nadie los comete, dispendios para otros menesteres que no los de la bebida; entendemos que dado el buen espíritu de todos será atendido ese requerimiento oficioso de un mando que siempre quiere ser paternal, pero que sabe ser militar y enérgico cuando las circunstancias lo requieren» se destaca también en el diario del 29 de julio. Según declararon después del conflicto varios supervivientes, la comida empezó a escasear rápidamente, lo que obligó a reducir las raciones de carne a la mitad y racionar el agua a un único litro por persona al día. No obstante, algunos defensores llevaron a cabo diferentes salidas en las que consiguieron «requisar», sobre todo, trigo. Más que de alimentos, los defensores decían nutrirse de la esperanza de que el Ejército de África –al mando del general Varela, llegara hasta Toledo y les liberara. Dura resistencia Con el paso de las semanas, la situación se fue poniendo cada vez más fea para los dos bandos. Por un lado, los asaltantes sabían que las tropas de Franco podían caer sobre ellos si no acababan con el asedio rápidamente y, por el otro, a los defensores empezaban a escasearles varios productos de primera necesidad. De hecho, en aquellas jornadas más de dos docenas de soldados a las órdenes de Moscardó decidieron capitular y entregarse a las tropas asaltantes. Mientras, los disparos de la artillería seguían resonando día tras día sobre las murallas del Alcázar como si se trataran de una siniestra banda sonora, aunque sin provocar muchas bajas. De hecho, Moscardó tuvo que hacer uso de su diario para establecer unas normas básicas de higiene, pues sabía que las enfermedades podían ser una de las pocas causas que acabaran con sus tropas. «Precisa un celoso cuidado el no realizar las evacuaciones fuera de las letrinas» «Se nos ruega que hagamos unas ligeras indicaciones sobre motivos de higiene (…) Precisa un celoso cuidado el no realizar las evacuaciones fuera de las letrinas; todos debemos erigirnos en vigilantes y propugnadores de esta medida elemental de higiene, que de no adoptarla a rajatabla tendría consecuencias funestas e incalculables con respecto a la salud de todos, mucho más temibles que las que puede originar el fuego enemigo, y las razones son tan elementales y claras que no vale la pena enumerarlas», señalaba el «El Alcázar» del 3 de agosto. Los republicanos, a sabiendas de que la toma del Alcázar de Toledo suponía dar una imagen de poder a nivel internacional, trataron por todos los medios de acabar con los hombres de Moscardó. Así, durante este mes intentaron, entre otras cosas, incendiar el edificio, volar la cocina de la fortaleza para evitar que se pudiera hacer la comida e, incluso, lanzar gases lacrimógenos contra los sublevados. Según dejó escrito Moscardó, y lejos de desmoralizarse, los defensores pronto renovaron sus ánimos, pues recibieron por correo aéreo varias cartas de Francisco Franco informándoles de que pronto serían liberados. Por las bravas Al final, y ante la imposibilidad de tomar la fortaleza por la fuerza, la República decidió en Consejo de Ministros iniciar la construcción de dos minas bajo el Alcázar. La idea gubernamental consistía en llenar de explosivos los conductos subterráneos para volar el edificio en su totalidad y, así, acabar de una vez por todas con la resistencia de los hombres atrincherados en su interior. A su vez, se intensificó el cañoneo sobre el Alcázar, cuya fachada norte, muy debilitada, terminó derruyéndose. Con la llegada de septiembre los defensores contaban ya los 41 días dentro del Alcázar, sin duda un largo período tanto para los nacionales como para los republicanos. Estos últimos parece que decidieron cambiar de estrategia con el comienzo del nuevo mes pues, antes de detonar las cargas explosivas que habían preparado, enviaron a un emisario para tratar, por última vez, de convencer a los hombres de Moscardó de rendir la fortaleza. No lo lograron. Y se les acabó la paciencia. En septiembre las cargas fueron detonadas y, a continuación, una marea de soldados republicanos asaltó el Alcázar por las bravas. La tensión se palpalba en el interior. Pero aquello fue un desastre. La primera columna republicana se encontró con que la detonación había creado un gigantesco cráter casi impracticable que les convertía en un sencillo objetivo para los defensores. Tampoco tuvieron demasiada suerte las tropas que trataron de asaltar la zona sureste y oeste del edificio, pues recibieron una ingente cantidad de fuego de fusilería. A las pocas horas, una vez que se disipó el humo de la artillería y los fusiles, el panorama era dantesco. Y es que, aunque los defensores habían considerables bajas (aproximadamente 60) el asalto no había conseguido su objetivo. Tras el catastrófico asedio, los republicanos volvieron a su plan original: bombardear con artillería el Alcázar hasta reducirlo a cenizas. La situación había tomado ya un rumbo inamovible y, aunque en los días posteriores los republicanos trataron de asaltar el Alcázar, fueron rechazados de nuevo. Finalmente, y después de decidir desviarse a costa de no presionar Madrid, las tropas de Varela llegaron a las inmediaciones de Toledo a final de mes y, para felicidad de los sitiados, liberaron la fortaleza. Mientras, las tropas gubernamentales decidieron retirarse para evitar ser atrapadas entre dos fuegos. Había acabado la batalla por el Alcázar de Toledo, y lo había hecho con más de 90 fallecidos por el bando nacional y una cantidad imposible de cuantificar por parte del ejército gubernamental.
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Las gestas olvidadas luchando contra submarinos y nazis del oficial más odiado del Titanic
El segundo oficial del Titanic, Charles Lightoller, es uno de esos personajes de la historia a los que hay que analizar a fondo para entender su forma de actuar. Los libros, y sobre todo el largometraje de James Cameron, le han señalado con el dedo acusador tildándole de oficial intransigente. Su decisión de hacer valer la orden de «mujeres y niños primero» y no permitir que hombre alguno se subiera a los botes salvavidas le valió el odio de muchos de los pasajeros del «Buque de los sueños». Testarudo hasta el final, solo consintió una excepción: un militar que se ofreció a guiar una de las primeras lanchas de supervivientes. Y solo debido a la escasez, durante aquellos momentos, de marineros en cubierta. Su terquedad es una realidad imposible de negar; pero también lo fue, como el mismo Lightoller defendió en sus memorias, que debía ser estricto. «La orden que obedecí era “solo mujeres y niños”» ¿Fue un ángel o un diablo?, ¿un héroe o un villano? La verdad es que es imposible determinarlo. Más bien, se convirtió en un hombre que actuó exprimido por una situación límite. En todo caso, lo que se puede asegurar es que fue consecuente con sus ideas, pues prefirió congelarse en las gélidas aguas del Atlántico a ocupar un lugar en los botes salvavidas. Cuando parecía condenado, sin embargo, el destino quiso que fuera rescatado y sobreviviera a una tragedia naval que se cobró 1.500 vidas. A partir de entonces, y por culpa de esa leyenda negra que le acompañó tras el desastre, la figura de Lightoller ha sido olvidada. Incluso en la actualidad resulta una tarea ardua averiguar qué fue de él hasta que falleció en 1952. Una lástima, pues en su madurez vivió aventuras tan llamativas como la misma tragedia del Titanic. Por suerte, una buena parte de ellas las recogió en su biografía. El oficial siguió en los mares durante la mayor parte de su vida. Aunque no en la marina mercante, demasiado asustada por la mala publicidad que les podría dar contar en sus filas con uno de los máximos responsables del Titanic, sino en la Royal Navy. Así, Lightoller se convirtió en un héroe en la Primera Guerra Mundial al derribar un zepelín desde el buque que comandaba o, entre otras tantas gestas, embestir y destruir al submarino germano U-110. Tras el enfrentamiento, y de pasar de nuevo por la «White Star Line», la naviera propietaria «Buque de los sueños», fue llamado por el Almirantazgo durante la Segunda Guerra Mundial para colaborar en la retirada de las tropas británicas de Dunkerque. Mujeres y niños Charles Herbert Lightoller dedicó su vida al mar. Nació en Lancashire el 30 de marzo de 1874 y, a los 13 años, empezó a versarse en el noble arte de navegar. Cuatro veranos después realizó su primer viaje a bordo del Primrose Hill. A través de las aguas transitó desde la India hasta Australia en una serie de trayectos que le otorgaron la experiencia suficiente como para ascender, de forma lenta pero inexorable, en el escalafón naval. Por suerte o desgracia, en aquellos días superó también un naufragio, un ciclón y el incendio de un barco. Así, antes de los 21 años era ya todo un veterano. Fue en 1900 cuando se unió a la «White Star Line» como Cuarto Oficial del buque de carga Medic. En los años posteriores se curtió bajo el paraguas del capitán Edward J. Smith, veterano de los mares. De su mano obtuvo varios ascensos que culminaron cuando fue nombrado Primer Oficial del Titanic, la joya de la corona de la naviera en 1914. Lightoller participó, como él mismo explica en sus memorias, en las pruebas del «Buque de los sueños» como mano derecha de Smith. No podemos más que imaginar cómo se sintió cuando, dos semanas antes del viaje inaugural, el que fuera su mentor decidió incluir como Jefe de Oficiales a Henry Wilde, lo que degradó a William Murdoch a Primer Oficial y a él a Segundo Oficial. Lightoller, a pesar de ello, partió en el viaje inaugural que el Titanic hizo de Southampton a Nueva York en abril de 1912. El que sería el último del transatlántico. Su pesadilla particular comenzó en la noche del 14 de abril, poco después de haber abandonado su puesto en favor de Murdoch y después de ponerse el pijama para disfrutar de su merecido descanso. Después de notar el impacto contra el iceberg salió a plena luz de la luna para cerciorarse de lo que había sucedido. Cuando vio el hielo empezó a imaginar la tragedia que se avecinaba. Ya en el puente, recibió órdenes de supervisar la carga de ocho de los botes salvavidas de babor. «Los supervivientes de aquella noche pueden agradecerle a Dios que nuestros hombres [fueran rápidos] y no esperaran las órdenes de cornetas o silbatos. El resultado fue un espectáculo tan bueno como el de cualquier tragedia marina en la historia. Cada bote en el barco fue despejado, balanceado y colocado sin ningún problema. […] Los pasajeros que se arremolinaban en la cubierta tenían rostros ansiosos. Los ruidos espantosos [del barco] solo aumentaban su ansiedad en una situación que ya era lo suficientemente aterradora. De hecho, me parece una maravilla como no perdieron la cabeza en absoluto. […] Cuando todo estuvo preparado resultaba obvio que el barco se hundiría». Severo, el Segundo Oficial se negó a que a los botes subieran hombres. Su máxima, como él mismo admitió en sus memorias, fue la de «solo mujeres y niños», y no «mujeres y niños primero». Pero eso no implica que fuera un diablo. Valga como ejemplo que, cuando vio a la famosa Molly Brown alejarse de una de las barcas, la asió en volandas y la metió de nuevo en ella. «¡Tú también!», le espetó. Aunque fue intransigente en su norma, se desvivió por convencer a cualquier chica que veía en cubierta de que debía meterse en los lanchones. Pero siempre sin su marido. Una de las situaciones más tensas que vivió fue cuando el millonario John Jacob Astor solicitó acompañar a su mujer debido a que estaba encinta. La respuesta fue una sonora negativa. Uno de los recuerdos más hermosos que se grabaron en su memoria fue el de la banda del Titanic. «No me gusta la música jazz, pero me alegré de escucharla aquella noche, creo que nos ayudó a todos». Por desgracia, tampoco olvidó el agua de mar que subía por las cubiertas. «Fría y verde, se arrastraba de forma fantasmal por las escaleras». Al final tuvo que saltar hacia ella cuando el barco fue engullido por el mar. La corriente le succionó, pero se salvó gracias a que una burbuja de aire caliente explotó y le empujó hacia arriba. Así lo afirma Jonathan Mayo en su obra «Titanic. Minute by minute». Poco después fue rescatado por un bote. Dos guerras mundiales Después de la catástrofe y de la investigación que se llevó a cabo en Estados Unidos, Lightoller fue asignado al Oceanic como Primer Oficial. Y fue en este buque donde comenzó su camino en la Royal Army cuando Gran Bretaña militarizó el navío y le otorgó el grado de teniente. Una vez más no tuvo suerte y, aunque no fue por sus malas decisiones, el bajel desapareció en una tormenta. Ya en 1915 recibió su primer mando, el del torpedero HMTB-117, el que le llevaría hasta la gloria. Y es que, a sus mandos consiguió destruir, en julio de 1916, un zepelín. Aquello le valió, como bien señala Mayo, la Cruz del Servicio Distinguido. Así lo recordó en sus memorias: «Diez minutos después el artillero me llamó a través de la escotilla con un susurro ronco. “Zepelin junto encima señor”. Subí a cubierta como un rayo, pero al salir a la luz no pude ver nada. […] Pero allí estaba, tan cerca como para ocultar el cielo. […] Todos hablaban en susurros por la emoción del momento. […] Todos aguantaban la respiración. Di la orden de “Acción”, que el artillero complementó con “Fuego a discreción”. Cuando estuvo a tiro […] … ¡“Bang”!. La primera trazadora salió disparada. “Impacto”. […] Luego otro disparo […] “Impacto de nuevo, señor”. Como diablos no se prendió fuego, y solo fue derribado, solo cielo lo sabe». Poco más tarde tuvo otra acción destacada al mando del destructor Garry. En una época en la que los submarinos alemanes se habían convertido en una verdadera pesadilla para los bajeles Aliados, Lightoller, que odiaba estos aparatos por haber hundido el transatlántico Lusitania, acabó con el U-110. Y no lo hizo a golpe de torpedos, de cargas de profundidad o de ingenio, sino… ¡embistiéndolo! Aunque, eso sí, después de hacerlo emerger con explosiones. Una vez más, dejó constancia de este hecho en su biografía: «Nuestra última carga de profundidad le había dado y había emergido. […] Ordené dirigirnos hacia él a 20 nudos. “Lo atraparemos, mantén el timón estable. Dirígiete directamente a él, Coxswain”. A las cien yardas cambié la orden: “Prepárate para embestirlo”. Con un golpe estuvimos sobre él. Ya no había duda de que no se escaparía. […] Cuando avanzó un poco, […] le perseguimos sobre el agua y le golpeamos de nuevo, destrozándolo por completo, aunque también a nosotros. El U-110 fue, según Von Lucknow, el último que se hundió en la guerra. Dejé los trabajos de rescate al resto, que evaluaron los daños que habíamos sufrido». Dunkerque Dos décadas después, en 1940, el veterano Lightoller, de 66 años, se hallaba ya retirado desde hacía muchísimo tiempo. Su máxima era la tranquilidad y, para relajarse, disponía de un pequeño yate privado. A la par, Gran Bretaña se hallaba metida hasta el corvejón en la Segunda Guerra Mundial y, allá por mayo, en la popular retirada de sus tropas de Dunkerque a través del Canal de la Mancha antes de que fueran aplastadas por la potencia de los panzer alemanes de Adolf Hitler. La situación no era buena. Por entonces, los aliados se habían atrincherado a lo largo de un perímetro de 25 kilómetros en Dunkerque. La zona, como cabía esperar, fue bombardeada hasta la extenuación por la Luftwaffe. A su paso, los aviones de Hitler dejaron decenas de muertos y dañaron considerablemente los puertos, lo que impidió a los grandes buques ingleses acercarse. Aquello supuso un auténtico contratiempo para los británicos, que se vieron obligados a solicitar el envío de pequeñas embarcaciones para que actuaran como enlace entre el continente y los navíos enviados en primera instancia. Así explicó este reclutamiento improvisado en su edición del 5 de junio de 1940 el ABC: «Churchill ha dicho esta tarde en los Comunes que un millar de barcos han intervenido en la operación. Toda clase de embarcaciones espontáneamente cedidas y pilotadas por particulares». Lightoller, curtido en mil batallas, ofreció su barco, el Sundowner, para ayudar a traer a sus compatriotas de vuelta a casa, pero se negó a que fuera la Royal Navy quien lo capitaneara. O lo dirigía él, o no habría trato. Los militares aceptaron a regañadientes. «Si alguien va a hacer esto, seremos mi hijo mayor y yo», señaló. Así comenzó su última aventura. Según ha desvelado Mayo en una entrevista a la prensa anglosajona, Lightoller partió de Ramsgate en dirección a Dunkerque cuando, de improviso, se topó con un Messerschmitt BF-109 dispuesto a hundirle. Para sorpresa de su escasa tripulación, el que fuera el oficial más veterano que sobrevivió al desastre del Titanic logró esquivar, a base de hábiles maniobras, las balas que el caza lanzaba contra él. Poco después llegó a Dunkerque y, tras amarrar, subió a 130 soldados a bordo a pesar de que su pequeño yate de recreo no tenía capacidad para más de 21 personas. Hay que decir que, a muchos de ellos, no les gustó que su capitán fuese uno de los supervivientes del «Buque de los sueños», pero poco más podían hacer.
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