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«El ciego de Arrate» de Zuloaga, la incógnita de un cuadro que no se exponía desde el s.XIX
«El ciego de Arrate» no es una obra maestra, es la primera pintura de un adolescente Ignacio Zuloaga sin formación artística, aunque apuntaba ya a lo que vendría después y abordaba ya el que fue uno de sus temas recurrentes, el de los marginados. Nadie, hasta este lunes, lo había vuelto a ver en público desde el siglo XIX. Este cuadro, el primero del que se tiene constancia documental pero cuyo paradero se desconocía, se expondrá en Eibar, la localidad natal del pintor guipuzcoano, hasta el 20 de diciembre. Se encuentra en una capilla lateral de la parroquia de San Andrés, donde este lunes se ha desvelado el misterio. Se ha elegido la fiesta del patrón para que sean los eibarreses los primeros en contemplar el cuadro que su propietaria, la Fundación Zuloaga, compró hace un año en una casa de subastas de Chigaco (Estados Unidos) por «decenas de miles de dólares», ha dicho a EFE Ignacio Suárez-Zuloaga, bisnieto del artista y presidente de esa entidad, que tiene sedes en Zumaia (Gipuzkoa) y Madrid. Tras la tela negra que lo ha tapado estos días, se ha descubierto la pintura, de tonos oscuros, verdosos y ocres, en la que la figura del ciego, de formas un tanto acartonadas, ocupa el centro de la imagen. El hombre, con un bastón en la mano derecha y la izquierda en un gesto de pedir limosna, se mantiene en actitud erecta mientras le mira un pequeño perro que se halla casi a sus pies. «Los valores estéticos e ideológicos, que luego sigue durante toda su vida, ya están ahí de alguna manera. Las piedras son muy parecidas y están hechas de la misma forma a las que aparecen en 'La fuente de Eibar', que es de poco después. Y hay un perro, animal que pintó en muchísimas obras, sobre todo en la primera época», precisa. Pero «lo más importante», según remarca Suárez-Zuloaga, es que presenta «un marginado». «Es un artista que dedica cientos de cuadros a los marginados sociales, a prostitutas, ciegos, jorobados, enanos y pobres de solemnidad», recuerda. «Y en este caso lo pinta como casi siempre, no dando pena, sino con una gran dignidad», señala acerca de esta pieza, de 135 por 185 centímetros, que avanza también la querencia de Zuloaga por las pinturas de gran tamaño. Expuesto en 1887 Su descendiente explica que «El ciego de Arrate» está citado desde un principio como el primer cuadro de su bisabuelo, que fue expuesto en Eibar en 1887, cuando él tenía 17 años. «Pudo pintarlo ese año o el anterior», señala. Su principal biógrafo, el historiador del arte Enrique Lafuente Ferrari, que trató con Zuloaga, así lo indica en el catálogo razonado que hizo de su obra. También se ha dicho que fue expuesto en Gernika, pero de esa circunstancia existen únicamente «citas de citas», puntualiza el bisnieto. «No se sabía nada del paradero de esta pintura. Y además Zuloaga, que era más vanidoso desde el punto de vista artístico que otros y sufría mucho cuando algo no le salía como él quería, destruyó muchas obras de primera época; las localizaba, las compraba y las destruía», asegura. El lienzo, que no está firmado, llegó en 2018 a la casa de subastas norteamericana tras haber permanecido décadas enrollado. Lo encontraron los descendientes del comprador, un cónsul de Chile en el París de la época, junto a una serie de cartas que daban cuenta de su procedencia. Tras la compra, la obra viajó a Madrid y allí se comprobó que había sido «reentelada por completo» y que tenía «muchísimos retintes en los costados» por el enrollado. «Era un cuadro que había sufrido mucho, pero la figura estaba bastante bien. Hemos hecho una labor de consolidación con los restauradores con los que trabajamos habitualmente», agrega. Antes de prestarlo para su exposición en Eibar, donde este año se celebra con distintas actividades el 150 aniversario del nacimiento del artista, fallecido en Madrid en 1945, el cuadro ha permanecido en Zumaia con el resto de obras de la colección Zuloaga, «una de las mayores de arte en España» que empezaron nutriendo el abuelo, armero del rey, y el padre del pintor, famoso damasquinador que también trabajó para la corona. «La casa-torre de los Zuloaga en Eibar era un auténtico museo, con miles de piezas que servían para poder inspirarse y hacer los diseños de damasquinado. Ignacio nació en un ambiente de artistas, nació en un museo», dice Suárez-Zuloaga sobre su bisabuelo, que dio algunos tumbos estilísticos en su juventud antes de definir su propio estilo, de ahí también la importancia del futuro que sugiere ya esta primera pintura.
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