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Todos eran Eastwood
¿Quién es el “Hombre sin nombre"? Bien podría tratarse del protagonista de una novela de Saramago o de un enigmático secundario inventado por Miyazaki, pero no. En 2008, cuando la revista Empire incluyó al “Hombre sin nombre” en su lista de personajes imprescindibles de la historia del cine, estaba premiando un perfil típico del western; un papel que, interpretado por numerosos actores a lo largo de la época dorada de las películas del oeste, originalmente había sido concebido para uno: Clint Eastwood, que en 1964 asumió ese rol por primera vez en Por un puñado de dólares, la cinta rodada en España con la que Sergio Leone inauguró su "Trilogía del dólar". Desde entonces, ha llovido mucho. Tanto, que Eastwood acaba de cumplir 90 años en un contexto de pandemia; el tiempo suficiente para que el polifacético cineasta californiano, en su faceta de intérprete, haya dejado tras de sí una estela de personalidades ficticias con las que ha compartido la evolución de un mundo capaz de cuestionarse constantemente y no apto para los reacios al cambio; un mundo en el que, sin traicionarse a sí mismo y siendo siempre coherente con su mensaje, Eastwood y su cine han sobrevivido. El ladrón de cuerpos Cuesta a menudo desligar a un buen actor del personaje que representa cuando la función termina y se baja el telón, pero si el personaje, como el actor, también es bueno, la balanza en la que se disputa la pugna por la identidad se inclina del lado de la mentira y es el carácter imaginado el que termina imponiéndose, sin importar quién lo levante en escena. Sin embargo, el caso de Eastwood y sus protagonistas es un ejemplo extraordinario de equilibrio y no se ajusta a esta convención. Imaginemos por un momento que, para celebrar la longevidad de quien los interpreta, seis extraños coinciden en una cena: Harry Callahan, más conocido como "Harry el Sucio" (1972); William Munny, el inolvidable pistolero de "Sin perdón" (1992); Robert Kinckaid, abducido por el recuerdo de los cuatro días más maravillosos de su vida, junto a Francesca Johnson, en "Los puentes de Madison" (1995); Steve Everett, el periodista que impidió la "Ejecución inminente" (1999) de Frank Louis Beechum; Frankie Dunn, capaz de encumbrar a la boxeadora Maggie Fitgerald en "Million Dollar Baby" (2004); y el veterano de guerra Walt Kowalski, poseedor de un "Gran Torino" (2008). Durante el aperitivo, estos hombres se analizarán entre sí con discreción y se preguntarán qué tienen que ver los unos con los otros, ¿qué une a un policía de métodos dudosos con un fotógrafo de National Geographic? ¿Y qué relaciona a este último con un entrenador de boxeo que, en la carrera de Eastwood, precedió a un anciano viudo y un poco misántropo, aunque muy comprensivo con sus vecinos? Lo sorprendente es que, antes del postre, cada uno de estos individuos se habrá reconocido como la versión mejorada de su antecesor, como si poco importaran los detalles que, sin embargo —y aquí radica el secreto de su verosimilitud—, los han consagrado como perfiles inolvidables, y en el fondo no fueran más que versiones de una personalidad nómada y camaleónica, que, al más puro estilo ladrón de cuerpos, los hubiera ocupado durante unos meses o, mejor, que durante unos meses “hubiera sido” ellos. La estrella, ante la temprana posibilidad de elegir sus papeles, decidió en una intuitiva maniobra no alejarse demasiado de ese maleable y en cierto modo vacío “Hombre sin nombre” con el que dio sus primeros pasos hacia el éxito. Lo consideró la única manera de ser a la vez todos y ninguno, de ser reflejo del conflicto real y ser testigo superviviente a largo plazo, en un planeta donde solo permanecen quienes, a pesar de haberse liado a tiros en su juventud, aprendieron en la edad adulta a reírse de sí mismos y, luego, a decir mo cuishla sin ningún miedo.
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Clint Eastwood cumple noventa: venga, alégrale el día
Hoy es la fecha en la que, hace noventa años, nació Clint Eastwood, y en San Francisco, que es como llamamos a «Frisco» los que no hemos abierto ni el tarro de la pomada. Y a bote pronto se diría que ninguna de las dos cosas le pegan, ni los noventa ni lo de no ser originario, pongamos, de Arizona o Pasadena (Texas). Solo como datos curiosos de su lejanísima biografía se puede apuntar que pesó más de cinco kilos al nacer y que es descendiente de aquellos primeros colonos que llegaron a América en el Mayflower, un detalle de pedigrí del que presumen prácticamente todos los estadounidenses vivos. Que Clint Eastwood pase a la categoría de nonagenario no lo convierte en alguien especial, pues todo el mundo tiene al menos un tío que no presume de ello; lo especial en Eastwood es que llega ahí mientras conjuga en presente el verbo trabajar: hacer películas, a cualquier edad y aunque no sean una maravilla, es una proeza física y mental, pero ponerse a dirigir películas a los noventa requiere ya de unas dosis de ilusión, fortaleza y confianza que entran en el terreno de la ciencia ficción. También como curiosidad se apunta que Lenni Riefensthal se fue a Sudán a los 98 años a rodar un documental, o que el insólito cineasta portugués Manoel de Oliveira rodó con 104 años «Gebo et l'ombre» y con 106 cerró su filmografía con el cortometraje «El viejo de Belén». Cuidado, pues, con Eastwood, que, con suerte, estaría en los comienzos de su filmografía. Atentos a ella, a la filmografía de Eastwood, muchos consideramos que entregaba su testamento cuando hizo, en 2008 -o sea, casi octogenario- «Gran Torino», pues vimos en ella el cierre perfecto a una trayectoria, no solo de él como director y actor, sino del zumo de sus personajes dentro de la pantalla; ese viejo Walt Kowalski, ex combatiente, jubileta, viudo, preñado de prejuicios y con un sentido de la dignidad y la honradez que hoy son anómalos, sonaba a cerrojazo sublime al poncho, al escupitajo, a la Magnun 44 y al rincón del ring. Pues bien, después de su «testamento fílmico» ha hecho otras nueve películas, y las cinco últimas, desde «El francotirador» a «Richard Jewell», con el noble propósito de honrar las virtudes del americano sencillo, ver en él su condición de héroe arrinconado, al tiempo que posaba su peculiar mirada de mosqueo en los trastornos sociales de su país. Haga lo que haga, sea mucho o poco, Clint Eastwood es ya algo más que un clásico de la Historia del Cine: es el último director de cine clásico. Y aunque su gremio lo consideró en el Olimpo cuando hizo «Sin perdón», su obra cumbre, era ya el cineasta que había firmado obras maestras como «El fuera de la ley», «Infierno de cobardes», «El jinete pálido» y muy, muy especialmente «Bird», ese abrumador retrato en negro de Charlie Parker. El director de «Sin perdón» había llegado a la cumbre y con un género, el wéstern, que parecía ya un paso cerrado hacia ella: todas sus obras inmortales ni soñaban con nueva compañía. Pues el tipo frío, impasible y letal que entraba de una patada a la puerta del «saloon» en «Sin perdón» hizo justo después dos películas de finísima sensibilidad, «Un mundo perfecto» y «Los puentes de Madison», en las que te partía en dos con la misma contundencia que cuando usaba la Magnun. Y ese es un rasgo característico del personaje Eastwood, que cuando crees que lo tienes atado en su casilla, él ya está en otra. Y no solo en lo que concierne al cine, sino en cualquier otro aspecto de su personalidad. Todo el mundo cree saber en qué lado está Eastwood en la política, lo cual resulta gracioso si se tiene en cuenta que es un republicano que a veces vota a los Demócratas, que se ha definido tanto como «moderado» o «libertario» y que llegó a alcalde de su ciudad, Carmel, con una candidatura independiente. Es decir, que es más fácil pillar a Harry el Sucio desarmado que a Eastwood embutido en un traje y trinchera. Por poner un ejemplo cinematográfico, es el director capaz de hacer la asombrosa y hermosa «Banderas de nuestros padres» y luego darse literalmente la vuelta y rodar en japonés y con una mirada monumental y trascendente «Cartas desde Iwo Jima»... ¿Quién sino él, o John Ford con «los indios», es capaz de apuntar con la cámara a dos lugares contradictorios a la vez? Hace unos años se publicó una biografía de Eastwood, de Patrick McGillian, que fue muy divulgada entre otras cosas porque llevaba en su lomo la advertencia de que «Esta biografía no ha sido autorizada por Clint Eastwood», y en ella se desvelaban, fueran o no ciertos, pero sí muy divertidos, algunos detalles de su vida sentimental, que ha sido un hervidero, y de su relación entre lo tremendo y lo inclasificable con sus esposas, amantes y líos, pero también aspectos económicos ligados a su inmensa fortuna y a su notable capacidad para no gastar un dólar en vano: al parecer, también goza de un lugar de honor entre los tacaños de Hollywood. Para celebrar el combustible, ojalá inagotable, de Clint Eastwood haremos una clasificación de sus películas entre buenas, muy buenas y maravillosas. En lo más alto estarían, claro, «Sin perdón», «Gran Torino», «Bird», «Los puentes de Madison», «Mystic River», «Million Dollar Baby» y, según el día, «El jinete pálido» y «Un mundo perfecto». Solo son muy buenas, buenísimas, «El fuera de la ley», «Cartas desde Iwo Jima» tras, o delante, de «Banderas de nuestros padres», «El francotirador» y «Richard Jewell». Y casi tan buenas «El intercambio», «Poder absoluto», «Cazador blanco, corazón negro», «El sargento de hierro», «Infierno de cobardes», «Más allá de la vida» (cuestión personal no muy compartida) y «Sully». Y en un lugar más allá de lo cinematográfico, situamos «Mula», donde Eastwood probablemente le dice adiós al interior de la pantalla con un personaje, Earl Stone, en el que se retrata muy por dentro y se confiesa en lo que es su auténtica autobiografía.
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Como fuera de casa no se está en ningún sitio
Algo tendrá el agua pasada de las viejas salas de cine, cuando las flamantes y pujantes plataformas «on line» las bendicen, que dicho en pragmático significa que las quieren comprar. Amazon es una gigantesca empresa de carácter complejísimo pero que se puede explicar de un modo muy sencillo: cualquier cosa que quieras, te la sirve en casa, desde un par de zapatos a una bullabesa o una película. Pues bien, si ahora Amazon compra la AMC Enterteinment, cadena de cines y teatros con más de 11.000 pantallas por todo el mundo, la cosa se complica aún más: en una especie de movimiento hacia atrás, a lo pasito de Chiquito de la Calzada, se garantiza una red de salas de cine para que, pudiendo ver las películas en casa, vayamos a ellas… Un gran invento, pero de principios del siglo pasado. Como es natural, solo los más iluminados y visionarios pueden prever el futuro de las salas de cine, pero cualquier tipo aburrido y lelo en su sillón sabe cuánto las ha echado de menos tras apenas unos meses de cierre por el confinamiento. Francamente, no creo que el estímulo de Amazon y de otras plataformas por tener salas de exhibición tenga mucho que ver con la añoranza de ir al cine de un mundo sentado en el sofá, sino, sin duda, con asegurarse el poder y el prestigio que le otorga a una gran película una gran sala, arrebatarle a ese bosque que es el «on line» un árbol frondoso que merece ser visto en la singularidad y con la distinción que le proporciona el Cine. A ver, Señores de las Plataformas, por qué no dar un pasito para adelante: hoy quiero ver esta película, pero no me la sirvan en casa, sino en el cine que me pilla más cerca. ¿Cuál es el problema?, ¿Qué no me la van a servir en gran sala a mí solo?..., no lo creo, pues cada vez que miro algo que comprar en estos «servidores», siempre hay un buen puñado de mirones que quieren lo mismo.
2 d
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¿Quién es el mejor actor de España?
Si al otro lado del charco abundan los gángsteres, capos de la Mafia o soldados, aquí en España somos más la Policía. Buena parte de los mejores actores del país se han puesto el traje de agentes alguna vez en sus carreras. Del comisario de Tito Valverde a los detectives de Roberto Álamo y Antonio de la Torre en «Que Dios nos perdone», el género policiaco ha hecho sobresalir a un sinfín de intérpretes, como a Javier Gutiérrez, con el don del semblante serio en «La isla mínima» y de sacar sonrisas en «Campeones». Claro que poca gracia habría si solo tuvieran un registro. Los actores españoles brilla especialmente por su versatilidad, capaces de interpretar a un cura o a un asesino, al álter ego de Pedro Almodóvar o al Zorro, como Antonio Banderas. Javier Bardem Pocas cosas se les resisten a los intérpretes patrios, que, como el malagueño, pueden conquistar Hollywood sin siquiera chapurrear el inglés. Esa meca del cine con la que todos sueñan pero a que muchos les queda grande se la puso de chaqueta Javier Bardem, villano, Dios, pirata zombie y hasta el narcotraficante Pablo Escobar, eso sí, con un Oscar en el bolsillo y otras dos nominaciones a la estatuilla dorada. Ídolo adolescente para algunas y un héroe venido a menos en la edad adulta, Mario Casas sigue probando cada disfraz de la gran pantalla, sin miedo a ser un preso en Mauthausen o a mostrar sus atributos en series como «Instinto». No se le resisten las mujeres ni la cámara, pero de momento sí lo hacen los cabezones, cuyos premios y hasta candidaturas brillan por su ausencia. Cabe el riesgo de que, a fuerza de intentarlo y no conseguirlo, otro gallego como Javier Rey se le adelante. Más fortuna han tenido en cuanto a reconocimientos pesos pesas de la industria patria. Si bien Antonio de la Torre es la Meryl Streep del cine patrio, con un total de 14 nominaciones a los premios Goya, el busto en bronce del pintor español reposa tan solo dos veces en la particular vitrina del intérprete malagueño, que este año repite candidatura por su papel en «La trinchera infinita». Antonio de la Torre (I) Una exigua cifra en comparación con las seis estatuillas de Fernando Fernán-Gómez, uno de los actores más queridos por los premios del cine español, que reconocieron no solo su faceta interpretativa sino también su talento como guionista y director de cine. Además de los cinco Goya de Javier Bardem, destaca también Luis Tosar, aspirante al Goya a mejor interpretación masculina el pasado año por su papel en la película «Quien a hierro mata» y en cuyo palmarés adornan tres cabezones, los mismo que en la repisa particular de Juan Diego, que subió a por su último galardón hace ya 13 años. José Sacristán, que se mueve con igual soltura en las pantallas como en las tablas, nunca deja indifirente a los espectadores, del mismo modo que Ricardo Darín, español adoptivo por su gran contribución con producciones de nuestro país, ocupa un espacio en los corazones de los españoles. Veteranos o novatos, internacionales o enraizados en su tierra, brilla el talento de los intérpretes españoles. ¿Cuál es el mejor actor de España?
2 d
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El futuro de los cines, en manos de las plataformas
La frase «To Be Continued» (Continuará) cuelga en la marquesina del cine Vista en Sunset Boulevard, un local histórico que abrió en 1923 y es emblema de la imagen del cine en Los Ángeles. Un teatro símbolo de un pasado que parece quedarse atrás frente al nuevo Hollywood que se está formando bajo la sombra de la pandemia de la Covid-19. Mientras en Silicon Valley grupos empresariales como Twitter anuncian que todos sus empleados van a tener la oportunidad de trabajar desde casa permanentemente, incluso cuando las oficinas abran en el futuro, Hollywood busca sus propias soluciones para acelerar la digitalización en la naturaleza de su trabajo. En un mundo sin pandemia tendríamos «Wonder Woman 1984», «La viuda negra» o «Trolls World Tour» en los cines y, si bien este último filme se reinventó online recaudando más de 100 millones de dólares, los demás títulos se quedaron enlatados para mejor ocasión. Con la temporada cancelada, varias hipótesis presentan planes alternativos a Hollywood. Un antes y un después a la pandemia del coronavirus. La gran duda que se plantea es cómo van a abrir los cines, aunque se levante el estado de alarma en California. Instrumentos alternativos, como cines en coche o salas con menos aforo, parecen medidas insuficientes para que los dueños decidan abrir sus puertas, porque no hay garantía de que las multitudes se presenten o que las concesiones de comida operen con regularidad. A menos que Nueva York y Los Ángeles abran este verano, y eso parece cada vez menos posible a medida que avanzamos, no hay forma de que un estudio pueda estrenar una película en los cines con condiciones de seguridad. Paul Dergarabedian, analista de medios de Comscore, prevé que los teatros utilicen más programas de fidelización y entradas con descuento para que el público vuelva. «Todos los negocios va a estar en la misma situación y los cambios son inevitables», asegura. En este sentido, la primera sorpresa ha sido saber que Amazon podría estar interesado en comprar los cines AMC, que en España pertenecen a Cinesa. Poniendo en marcha un plan para poder competir con garantías en los Oscar, Amazon estaría en conversaciones con los dueños de AMC Theatres, una empresa en números rojos que necesita liquidez con prontitud. En plena cuarentena, y con los cines cerrados, las acciones de AMC subieron un 56% después de que circulara el rumor de que Amazon quiere hacerse con esta cadena de cines. Lo cierto es que Jeff Bezos parece interesado en invertir en la industria del entretenimiento. Su empresa no solo desarrolla contenido, sino que se ha involucrado en comprar derechos de competiciones deportivas para emitir en exclusiva. El gigante empresarial Amazon ya compró la cadena de supermercados Whole Foods cuando estaba en pérdidas y le dio la vuelta a los números. Ahora, se especula con que Amazon compre los cines y baje el precio de las entradas para hacer el producto más competitivo. AMC cuenta con mil salas de cine y 11.000 pantallas repartidas en 15 países. Conseguir estos cines supondría que Amazon juega en las ligas mayores de Hollywood y podría ser escuchado por directores, actores y guionistas que ahora miran con ojos más golosos a Netflix, Disney o Warner, que está a punto de lanzar HBO Max de la mano de AT&T. Legalidad Con la extensa cartera de teatros de AMC, Amazon podría decidir estrenar exclusivamente sus originales de estudio en sus cines para luego ofrecerlos en plataformas, brindando al público una opción más atractiva que sus propias salas de estar. En este escenario, Amazon no necesita dividir una porción de las ventas de entradas a las cadenas de teatros rivales ni ofrecer la transmisión de películas a otras distribuidoras internacionales que reducen los ingresos teatrales. Después de todo, controlaría todo el pastel. ¿Suena ilegal? Bajo el precedente legal actual, lo es. Un fallo de la Corte Suprema de 1948 (Estados Unidos contra Paramount Pictures, Inc.) prohíbe que los estudios de cine posean sus propios teatros en nombre de la ley antimonopolio. Sin embargo, a finales de noviembre del año pasado, el jefe antimonopolio del Departamento de Justicia estadounidense, Makan Delrahim, anunció su intención de terminar con estas reglas, describiendolas como innecesarias. Si esa decisión se llevara a efecto, habría un período de suspensión de dos años y Amazon podría comenzar a capitalizar la huella de AMC de nuevas maneras. El caso de Paramount se remonta a 1948. Pero, como explicó el Departamento de Justicia al anunciar su decisión de revisar el fallo, el mundo ha cambiado drásticamente en los últimos ochenta años. «Los cines de la primera década de los años treinta y cuarenta tenían una pantalla y mostraban una película a la vez. Hoy han sido reemplazados por salas de cine múltiple que tienen múltiples pantallas que muestran películas de muchos distribuidores diferentes al mismo tiempo. Los consumidores de hoy ya no se limitan a ver películas en los cines. La nueva tecnología ha creado muchas plataformas de distribución y visualización diferentes que no existían cuando se promulgaron los decretos. Después de una emisión inicial en el cine, los consumidores de hoy pueden ver películas en televisión por cable y televisión, DVD y por internet a través de servicios de transmisión». Un acuerdo para comprar AMC podría beneficiar a Walt Disney, Netflix o Amazon. Imagine ir al teatro Disney de su vecindario para ver la nueva película de «Star Wars» o al «multiplex» de Netflix para ver la próxima película de Martin Scorsese. La adquisición de AMC podría ser inmediata para cualquiera de estos potenciales compradores, que multiplican las oportunidades de marca y marketing. En pocos meses, hemos aumentado nuestra dependencia del entretenimiento digital, las videoconferencias y la socialización. Netflix sumó 15,8 millones de suscriptores nuevos durante el último trimestre, mientras que Disney + agregó 22 millones en dos meses, según Bloomberg Technology. Por algo Richard Waters escribió en el «Financial Times» que «el futuro digital se está acercando repentinamente». Sony se reinventa Reinventándose de cara al público para atraer inversores, Sony también ha anunciado su nueva marca, PlayStation Studios, un marco donde se engloban sus títulos de PlayStation 5. La compañía dio a conocer la marca con una nueva secuencia de títulos que se parece mucho a la introducción de Marvel Studios. PlayStation Studios presentará personajes de títulos como «Uncharted», «God of War» y «The Last of Us». Estas nuevas series y peliculas animadas se presentarán dentro de un plan que coincidirá en el tiempo con el estreno de las nuevas entregas de estos juegos. La animación se reinventa a partir de este otoño, junto con el lanzamiento de PlayStation 5. «Estamos realmente entusiasmados», dice Eric Lempel, vicepresidente senior y jefe de marketing global de Sony Interactive Entertainment. «En los últimos años, e incluso en la última década, los títulos que salieron de nuestros estudios han sido más fuertes que nunca. Queremos unirlos todos dentro de una sola marca. El propósito es hacer que el consumidor sepa lo que significa PlayStation». Los estudios buscan explotar cada rincón digital de su contenido y no extraña que algún estudio tipo Lionsgate o incluso Paramount acabe también en manos de Amazon. Mientras dure la pandemia, Hollywood seguirá con su restructuración. Como dice el cartel del cine Vista de Sunset Boulevard: «To Be Continued»...
2 d
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«Para entender la angustia del coronavirus nada más pedagógico que volver a ver "El Ángel exterminador"»
La onda expansiva de la mirada del maestro Goya a su realidad, a su mundo exterior y exterior, impactó en los grandes maestros del cine, de Georges Méliès a Eisenstein, de Carl Theodor Dreyer a Fritz Lang... Y así hasta Hitchcock, Welles, Buñuel, Kurosawa, John Huston, Kubrick, Godard... y tantos otros. Los «patriarcas fundadores», como los llama Juan Pedro Quiñonero en «El cine comienza con Goya» (Cátedra) miraron a las obras del zaragozano y se reconocieron en ese lenguaje universal que planteó el pintor. En Goya está todo, y toda esa mirada explosiva e inabarcable se hace patente en un siglo de séptimo arte que Quiñonero recorre en su suculento ensayo. P - ¿Qué tiene de especial la pintura de Goya para que su influencia haya perdurado y afectado a tantos grandes cineastas de todo el mundo? R - Cuando Goya puso a la venta sus «Caprichos», en la madrileña calle del Desengaño, el mes de febrero de 1799, él o Moratín escribieron un texto «publicitario» anunciando que esa serie de obras aspiraba a utilizar un «idioma universal», creado con imágenes «ingeniosamente dispuestas»… Esa es, exactamente, la definición del cine de Hitchcock, Orson Welles, Scorsese. De los jeroglíficos egipcios a las historias de santos medievales, hubo muchos relatos visuales anteriores al cine. Pero, para entenderlos, era necesario compartir palabras o ideas, religiosas, culturales. Goya concibe un «idioma universal» que comprenderán los hombres de todas las civilizaciones, presentando una serie de imágenes «ingeniosamente dispuestas». Esa es la matriz del montaje cinematográfico desde Eisenstein: contar una historia sin palabras, solo con imágenes «ingeniosamente dispuestas». P - Cien años antes de la invención del cine (más allá de la cámara), Goya ya estaba preocupado por "iluminar" sus escenas con un sentido que, a ojos de hoy, sigue un esquema cinematográfico. ¿Hacían igual sus coetáneos? R - El arte siempre tiene mucho de relato visual. Hitchcock, Kubrick, Vincente Minnelli, entre muchos otros, se inspiran en el gran arte para iluminar algunas de sus películas. Pero es Goya el que propone crear un idioma universal de imágenes ingeniosamente dispuestas. La primera versión de algunos guiones de Akira Kurosawa son tiras de dibujos preparatorios, a la manera goyesca. P - ¿Ver las pinturas negras o los "asuntos de brujas" hace dos siglos era el equivalente a ver buen cine de género de terror o ciencia ficción hoy? R - Las brujas goyescas entran en la historia del cine con Segundo de Chomón, otro patriarca, nacido en Teruel. Ese mundo onírico, de brujas, paisajes nocturnos, íncubos y demonios está muy presente en Murnau y Fritz Lang, otros patriarcas esenciales. P - ¿«Los desastres de la guerra» serían algo así como cine documental? R - En realidad, «Los desastres» son una síntesis de lo que Goya vio, le contaron y se imaginó. Goya se «inventa» una guerra genial y universal. John Huston hizo algo parecido en un falso documental legendario, «The Battle of San Pietro». Él debía documentar una batalla. Pero llegó tarde. Filmó una batalla «imaginaria» que se creyó real durante varias décadas. P - Saura, Buñuel, Berlanga... Los grandes cineastas españoles han mirado y se han reconocido en Goya. Y, claro, han presumido de su influencia en sus películas... R - Saura y Buñuel bromeaban preguntándose quién era el más grande de los directores aragoneses. Buñuel se rendía ante Goya. Podría y debería escribirse una historia de la influencia de Goya en el cine español, de «Tierra sin pan» de Buñuel a José Luis Cuerda, Almodóvar y las nuevas generaciones. P - ¿Cree que los jóvenes cineastas españoles han olvidado esta influencia "pictórica" de los maestros? R - Garci dijo en su día que sería necesario «introducir» el cine en el Museo del Prado. Creo que es una gran idea. Permitiría iluminar unas relaciones esenciales. Javier Aguirresarobe ha insistido en la importancia del museo en su formación visual. P - ¿Los «nietos» de esos «Los patriarcas fundadores» siguen fieles «a la matriz goyesca del lenguaje cinematográfico» o han «matado» a los padres? R - La matriz original, contar historias solo con imágenes, comprensibles por los hombres de todas las lenguas y civilizaciones, sigue siendo la semilla original de todas las narrativas cinematográficas. P - Entre los «patriarcas» que menciona solo hay cuatro americanos. ¿Cómo valora el peso de Hollywood? R - Bogdanovich ha contado la historia del «fin» del «viejo» Hollywood. A partir de los años 60, Godard dixit, el cine se realiza en muchos otros lugares, con muy distintas sensibilidades y financiación. Varias de las grandes obras maestras de las últimas décadas, «El irlandés» de Scorsese, «La balada de Buster Scruggs», de los hermanos Coen, «Roma», de Alfonso Cuaron, se hicieron al margen y un poco «en contra» de Hollywood. P - Las «tableaux vivants» de Buñuel y otros maestros de hoy parecen ser cosa del pasado en una industria donde solo parece importar el montaje y los efectos digitales... ¿qué se perderán los espectadores del futuro por este motivo? R - Montaje y efectos especiales son esenciales en la historia del cine, desde sus orígenes. «Metrópolis» de Fritz Lang y «The Birth of a Nation» de Griffith tienen muchos trucos y efectos especiales. Pero también tenían muchas ideas. El problema de los efectos especiales, en nuestro tiempo, no es la técnica: es la ausencia de ideas. Para entender la angustia universal del coronavirus nada más pedagógico que volver a ver «El Ángel exterminador».
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