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José Luis Garci: Más allá de la estatuilla, más acá de la figura
Todo el mundo conoce a Garci por sus películas, por sus libros de cine y de lo otro, sus pasiones y aficiones (el fútbol, el boxeo, los cócteles y el arte de viajar, ver y contar), y por su labor impagable en sus programas de la tele y la radio como Virgilio de esa divina comedia que es la historia del cine y sus esencias. La publicación de su último libro, «Películas malas e infravaloradas», es una oportunidad para escribir de él no todo eso que ustedes ya saben; es decir, irnos a lo que hay más allá del Garci de la estatuilla (Oscar) y más acá del Garci de la figura, la efigie. Y para tal cosa, me voy a permitir dos atrevimientos; el primero (para mí muy inusual y algo incómodo), inmiscuir el «yo» en estas líneas, y el segundo y aún más comprometido, el de abrir la verja más sentimental que física de inmiscuir también el «nosotros», el de sus íntimos, aquellos que saben que cuando le gusta a Garci comerse una paella es por la noche. Sus cercanos coincidimos en la admiración de unas cuantas cualidades de Garci que, al margen de las puramente artísticas y profesionales que el lector puede compartir, quizá le sirvan para conocer a Jose (sin acento en la e), un tipo cercano, inquieto y vitalista al que Enrique Herreros, hijo, bautizó para siempre como «el niño de Narváez». Su cualidad más próxima y palpable entre sus amigos es precisamente eso, lo agradable y fácil que es gozar de su sentido de la amistad: Garci lo pone casi todo, desde la luz en la conversación o la calidad del cristal y contenido de las copas, hasta la relajación del tiempo o la sensación de fiesta y sol aunque sea laborable y bien de noche. Y a cambio, ¿qué te pide?... Apenas nada, que le prestes un momento el teléfono móvil, pues él no tiene eso, ni wifi, ordenador ni otras redes que las suyas propias. Comenta Eduardo Torres Dulce, tan serio, cabal y competente, cómo en ocasiones se ha convertido en la «wiki» de Garci: «mientras escribe cualquier cosa a lápiz o pluma y al sol, y a pesar de su memoria de computadora, a veces me dice: Eduardo, búscame en ese cacharro tuyo tal o cual dato...» Lo sabemos todos: ser amigo de Garci, compartir un rato con Jose, es como respirar hondo mientras paladeas un caramelo de menta, y notar que el tiempo, esa amenaza, no va en tu contra, sino a tu favor. ¿Qué pasa con el tiempo y Garci? Pues algo muy sencillo e imposible: que te rejuvenece más que unas cremas o un lifting con su natural complejo vitamínico: conserva absolutamente todas las esencias de la infancia, el humor, la ilusión, la fantasía, el ímpetu y los planes. Recuerda Ventura Anciones, prestigoso neurólogo, ángel de la guarda pero sobre todo amigo, que lo conoció con gafas azules y playeras blancas, o sea, él y su eterno aspecto peterpán, lo que nos lleva a dudar de si parece un chiquillo o realmente lo es. ¿Y qué pasa con la memoria y Garci? Pues que juntos forman un milagro que Luis Alberto de Cuenca resuelve en una filosófica relación entre Garci y Giordano Bruno y su «El Arte de la Memoria». A los demás, la memoria nos suele servir para percatarnos de lo mucho y fácil que olvidamos, pero en Garci es puro paisaje de presente ante sus ojos: no solo lo recuerda todo, sino que ese todo incluye detalles, horas, colores, olores y hasta sentimientos. A nadie cercano le sorprende que Garci reproduzca con todo lujo de aderezos una conversación mantenida hace años (el color de tu camisa, siempre a su modo de daltónico, «rojo cocacola», «verde musgo»..., apunta Lourdes de Orduña, su diseñadora de vestuario para el cine, la que suele conseguirle esos «milagros de Lourdes»). Pedro García Cuartango, gran paseante junto a él, lo sabe porque a menudo le recuerda viejas charletas de sus primeros encuentros, con palabras exactas, itinerarios, si llovía o hacía viento y hasta la estación de Metro a la que lo acompañó. Sobre esto, quien tiene información privilegiada es Ventura Anciones, buceador (entiéndase) en su sesera por algún episodio médico que no viene al caso, y que bromea que siempre ha querido encontrar esa excepcionalidad en su lóbulo límbico, donde se almacenan memoria y emociones. Solo hay otra memoria comparable a la de Garci, y es la de Enrique Herreros: entre ambos pueden reproducir al minuto y con exactitud sus muchas, largas y espumosas jornadas por Los Angeles. Y la memoria y el talento le permiten ser un gran narrador, alguien nacido para contar, «un escritor nato», coinciden en considerarlo Luis Aberto de Cuenca, Cuartango, Torres Dulce y cualquiera que haya «bibido» (esa fusión de vivir y beber) con él unos centenares de dry martinis. Lástima que Landa, Gistau, Alcántara, Luis María Delgado... no puedan ahora darme la razón: nadie cuenta las películas como Garci, las suyas y las de los demás. Muchas de las mejores películas que he visto en mi vida no ha sido en la pantalla, sino en su boca y sus divinas palabras.
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«Mank», el turbulento viaje de David Fincher hasta desenterrar a su «Rosebud»
«Ciudadano Kane» es una de las cinco mejores películas de la historia del cine. Nadie lo discute. Y con esa idea, David Fincher desarrolla una obsesión alimentada en el seno de su familia y que él ha convertido en filme titulándola «Mank». El uso y abuso del engaño en las películas se convierte en el motor de este «Mank» que ya está en cines y en Netflix. Dirigida a partir del guión de su difunto padre Jack Fincher, la cinta está protagonizada por Gary Oldman como el guionista de «Ciudadano Kane» Herman J. Mankiewicz, Ferdinand Kingsley como el productor Irving Thalberg, Charles Dance como William Randolph Hearst - el hombre inspiración de Kane - y Amanda Seyfried como la actriz Marion Davies. El costoso desarrollo de un guión se convierte en objeto de estudio de la cámara de un Fincher que, a su vez, homenajea a su progenitor, quien estuvo 10 años escribiendo el manuscrito de «Mank». Jack Fincher murió en el 2003 y su hijo tuvo que esperar casi 20 años para conseguir convertir en realidad el sueño del padre. La historia comienza con un Mank alcohólico y con la presión por terminar el guión de Kane mientras se recupera de un accidente automovilístico en North Verde Ranch, a las afueras de Los Ángeles. La película, filmada en blanco y negro, alterna entre un Mank sumido en la bebida y el éxito que le acosa en la década de los 30. Un Orson Welles (Tom Burke), de 24 años, al que se le dio carta blanca para dirigir su primera película en Hollywood y que contrata a Mank en plena recuperación para escribir el guión de «Ciudadano Kane». «El desafío de esta historia es terminar el guión, el gran enigma que se plantea es si el escritor será capaz de terminar el manuscrito para el que ha sido contratado o será otro quien lo acabe por él sin poner su nombre», admitió Fincher cuando le entrevistamos en el Festival de Santa Bárbara. En «Mank», Fincher establece la rígida estructura corrupta del sistema de los estudios de Hollywood en ese momento, así como el Xanadú de Hearst con su zoológico incluido. «Consideré que el formato en blanco y negro era el apropiado para una narración sobre los años 30. Además, mantenemos el estilo de diálogo típico de aquellos tiempos», apunta el realizador. Encabezado por Oldman y Seyfried, el elenco es estelar, mientras la doble trama de Fincher imagina a Hearst como un Rupert Murdoch actual, quien en Estados Unidos sigue manteniendo su poder conduciendo la cadena Fox al ritmo de la batuta de Donald Trump. En «Mank», como en la vida real, los jugadores entienden su poder; Hearst al volante y el brillante Mank como el encantador de serpientes atrapado dentro de su propio personaje. Interpretar a Mank fue una desviación dentro del gusto habitual de Oldman por transformarse. Si Winston Churchill le valió un Oscar en el 2018 sumergido tras varias prótesis de maquillaje, para Mankiewicz, con calibre de segundo Oscar, tenía poco donde esconderse. «Esto puede parecer difícil de creer, porque lo he dicho mucho, pero este ha sido el papel más difícil de mi carrera», explica Oldman. Si la película no encapsula por completo la turbulenta vida de Mankiewicz, Oldman espera haber conseguido una imagen acertada del escritor. «Queríamos mostrar su mente autodestructiva empapada en alcohol mientras mostrábamos su vulnerabilidad. Fue muy difícil, Fincher es un director muy exigente», confiesa Oldman. Historia de una obsesión bajo tutela de Netflix Mank David Fincher, el director tras películas como «Perdida», «La red social», «El club de la lucha» y «Zodiac», firmó hace 2 años un acuerdo de exclusividad con Netflix, plataforma con quienes mantiene una larga historia, desde que fuera productor ejecutivo y dirigiera para ellos los dos primeros episodios de «House of Cards», hasta producir «Mindhunter» y la serie de antología «Love, Death & Robots». Una asociación fructífera que puede llevarles este año directos a los Oscars. «Dependiendo de la recepción de "Mank", podré seguir trabajando con Netflix haciendo otras películas en blanco y negro. Si este proyecto no funciona no creo que me dejen rodar muchas más», bromeó el realizador. Sin embargo, este autor admirado y consentido por la audiencia reconoce no sentirse un «influencer». «No sé ni lo que eso significa». Pero Fincher entiende que, igual que Thalberg, el productor de «Ciudadano Kane»: «una elección justa es una contradicción de términos»-. En 1934, Thalberg produjo una serie de anuncios falsos que se mostraban antes de sus películas, donde banqueros y abuelas proclamaban su apoyo al gobernador republicano de California, mientras que los actores que interpretaban a extranjeros, decían con acento sospechoso que votarían por el activista socialista Upton Sinclair. «El pasado se puede parecer al presente» reconoce Fincher evitando la política y sin dar muchas pistas de la trama, lo que sí reconoce son sus ganas de pisar el acelerador. «No sé por qué me cuesta tanto rodar. Yo quiero ser un realizador con una trayectoria sólida como director. Me parece muy raro llevar 40 años en Hollywood y tener solo 10 películas. Creo que debería darme más prisa». Fincher también explicó porque Netflix es su futuro inmediato. «Me dan libertad creativa y quiero probar cosas diferentes que en otro estudio no se me permite».
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José Luis Garci: «Somos la última generación que va a conocer España tal como era»
Promete José Luis Garci (Madrid, 1944) ya desde el título, «Películas malas e infravaloradas», que lo que ha escrito es un repaso ameno y cariñoso a esas películas y cineastas que no tuvieron suerte ni contaron con el aplauso de los aristarcos para llegar al olimpo del primer arte del siglo XX. Pero en realidad, ya en la primera aproximación a la contraportada y al prólogo, y después buceando en sus páginas, se descubre a un hombre que vuelca en su nuevo libro su visión del mundo, a un escritor que se desnuda entre anécdotas y recuerdos. «La cosa es que el Futuro llega muy deprisa, a cámara rápida, y la felicidad es cada vez más una ráfaga, nada, un instante», escribe. También: «El caso es que empiezo a vivir de recuerdos. Mi infancia está muy lejos, a no sé cuántos años luz [...] pero la siento a mi lado, incluido olores y sabores». P - ¿Cuando el pasado se filtra por el tamiz de la memoria se mira con más cariño? R - La memoria no es de fiar, es traicionera. Tú recuerdas un lugar al que ibas de vacaciones y lo recuerdas fascinante, y cuando vuelves descubres que era pequeño, incómodo… Eso es la memoria. Y lo mismo ocurre con las películas. Cuando una te divertía, o la veías con una chica que te gustaba, o por miles de razones, se quedaba como adherida a tu personalidad y la recuerdas muy bien. Y cuando la vuelves a ver le perdonas las ingenuidades que pueda tener... Por eso las mejores películas del mundo son las de la infancia, las que viste de niño, las que te impactaron cuando eras chico... P - ¿El paso del tiempo es el mejor crítico? R - Cuando se puso de moda el arte y el ensayo, todos veían esas películas «comprometidas». Y llegas un día y vuelves a ver en televisión a «Ivanhoe» (1952), y dices qué maravilla, qué bonito, qué duelos a espadas, qué guapa era Liz Taylor… Y ves que esas sí que tenían arte y que tenían ensayo. P - La magia de Hollywood... R - Con el Hollywood clásico ocurrió que en un periodo muy corto se juntó mucha gente de mucho talento. Hitchcock, John Ford, Howard Hawks, Fritz Lang… Formaban un grupo que fue la primera oleada de cineastas, y nosotros ahora hacemos cine según ellos lo veían. Hicieron películas irrepetibles e indestructibles. Esa conjunción es algo que pasa muy pocas veces. Ahora el cine ya no lo ves en pantalla: lo ves en casa, en la cama, en el metro. Es una manera de ver cine, pero ya no son películas. Y dentro de 300 años, lo que hicieron John Ford y compañía será como la «Iliada». P - Luego llegó la «nouvelle vague» con eso del «autor»... R - Cuando hablas de director como autor es injusto, porque el director solo dirige. El conjunto es muy grande, y el que unía eso era la productora.El director toma decisiones en una obra colectiva. Se pone eso de «un film de» a alguien que no lo había escrito. Es curioso. Nunca lo verás en una de John Ford o Billy Wilder, porque ponían «dirigida por». Que ya es suficiente. P - En esa idea de reivindicar las buenas «malas» películas en este mundo de tuits furibundos... ¿Cuanto más cine ha visto uno, más indulgente es? R - No lo sé. Creo que como toda en la vida, es más importante la suerte que el talento. En todo. Ha habido muchas películas de muchos cineastas que no tuvieron suerte y pasaron sin pena ni gloria. Igual tenía que haberlo titulado «¿Películas malas?», entre interrogativos como garfios. De alguna manera, es igual que cuando sales con una chica buena y luego descubres que no es tan buena, o con una que todo el mundo te dice que es mala y tú ves que no lo es. Por eso hay películas que han ido a festivales, que tienen premios y prestigio… Y las ves y son pretenciosas, pomposas… Y una película humilde de la que nadie ha dicho nada te entretiene, te emociona, lo pasas bien.. P - ¿Querer mirar lo bueno en algo es casi una cuestión «ideológica»? R - La crítica de izquierdas en los años 50 y primeros 60 aniquilaba a John Ford, lo llamaba fascista. «El viejo y babeante John Ford», decían. Y todos esos ponían los ojos en blanco con películas pedantes, cultas entre comillas. Yo creo que puede convivir todo. Igual que ha convivido la primera pantalla, la de la sabana blanca del cine, con la segunda, la del cristal de la tele. Igual que ahora convive con la de los móviles. ¿Por qué no convivían antes unas películas y otras? Porque las ideologías, que son terriblemente machaconas, se cargaron un tipo de cine. A Gordon Douglas nunca le perdonaron que hiciera un «remake» de «La diligencia» y como «Cahiers du cinéma» no dijo que era maravilloso, lo castigaron. P - A esos los llama en el libro los aristarcos, que elevaron películas que hoy están olvidadas... R - Es el paso del tiempo... Viene otra generación y lo cambia todo.Los aristarcos son los culpables de estas cosas. He querido hacer un libro entretenido. Mel Brooks decía que Charlton Heston subió a recoger tres tablas de la Ley. Yo estoy convencido de que el 11 mandamiento era «sé ameno» o «no matarás de aburrimiento». Me gusta que la gente lo pase bien, que no sea una cosa pedante. Ya he pasado por esos mundos, por eso de la posmodernidad... O esas críticas estructuralistas que te quitan las ganas de ver la película. P - Dice en el libro que Santiago Segura es la mejor noticia del cine español en décadas... R - Es que es verdad. Y no digamos a nivel de industria, con lo que han supuesto sus películas.Es un director extraordinario con un ritmo y un fluir asombroso. Recuerda mucho a Berlanga. P - Dice de usted que no es «moderno ni progresista». Pero luego parece excusarse» diciendo que le ha encantado «Under the Skin»... —Y me he quedado una noche viendo las siete horas «Sátántangó», de Béla Tarr. Es que el cine está lleno de cosas extraordinarias.Me cuesta entender que digan que no soy «progresista». ¿Por qué? ¿Porque no salí haciendo la ceja? Creo que he debido ser el único del gremio que no apoyó a Zapatero, pero no me tienen que quitar el salvoconducto porque crea que es un disparate que se haya cedido la educación a las comunidades autónomas... P - Dice en el libro que no entiende que el Gobierno se una con los que rechazan la Constitución... R - Yo respeto a todos... Me preguntabas antes si soy conservador o lo son mis películas...Vete a saber. La única ideología que merece la pena es la bondad... Es lo que creo. Nunca he traficado con la ideología. El que tenga un dedo y medio de frente le preocupa el desastre ecológico que tenemos, pero si te lo dice una niña con cara de mala leche, pues no te llega el mensaje porque está enfurruñada. P - Vivimos en esta época de «boicot» o «cancelación»... R - Estamos en un mundo distinto al que yo conocía...Yo estudiaba eso de «España limita al norte con el Cantábrico...» Y todo eso va a desaparecer. Mi generación, los chicos de la posguerra, somos la última generación que va a conocer España tal y como la conocimos cuando éramos niños. Se va a modificar todo. No quiero caer en lo que he leído tantas veces de «fuimos los mejores». Cada generación se ha perdido por algo, como decía Hemingway, pero estoy convencido de que la mía tuvo una mejor educación que todas estas leyes que han ido saliendo estos años. A Fernán Gómez le decían que era muy inteligente y él decía:«No, no, yo solo soy un hombre que me sé el bachiller». P - ¿Le sobra ideología al cine español? R - Todos los cines son ideología. El cine español de la época era mejor cine que el de la «nouvelle vague»... La pena es que no lo hubieran hecho en francés. «La tía Tula» en francés hubiera sido una revolución.
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Robert de Niro reina en la comedia
«Cada proyecto es diferente, pero para mí todos son buenos de diferentes maneras. Esta película me pareció divertida, fácil en muchos sentidos. Lo más complicado del humor es llevar el ritmo adecuado, acomodarse al paso de la broma sin importar cuál sea. Rodar comedia es un reto que disfruto mucho», apunta Robert De Niro en la entrevista digital que compartió con ABC. Su nuevo estreno es «En guerra con el abuelo», una cinta basada en el galardonado libro de Robert Kimmel Smith. En la historia, el abuelo Ed, interpretado por De Niro, se ve obligado por su hija a mudarse a su casa ocupando la habitación de su nieto, a quien da vida Oakes Fegley, un adolescente de 13 años que tendrá que trasladarse al ático. Es en ese momento cuando comienza la guerra con el abuelo por recuperar su espacio. Ed no se amilana ante las pesadas bromas del nieto y diseña un plan para enfrentarlo. «Me gustó el guión. El productor y su hijo me contaron la historia. Su hijo Tre tenía once o doce años en ese momento. Leyó el libro y le encantó. Es un libro muy popular entre los niños de esa edad y dijo que pensaba en mí para el papel del abuelo. No lo pensé mucho y me aventure a interpretarlo. Creo que Hill ha hecho un gran trabajo como director», explicó De Niro. Durante las décadas de 1970 y 1980, habría sido inconcebible que Robert De Niro, el actor más incendiario, impredecible y peligroso de su generación, terminara atrapado en este vórtice de personajes convencionales sin un ápice de riesgo. Fue en 1989 cuando De Niro se atrevió con «Huida a medianoche», su primera comedia, después seguirían «Una terapia peligrosa» y la saga «Los padres de ella», hace 5 años estrenó junto a Anne Hathaway el exitazo «El becario» y esta semana llega a las pantalla españolas «En guerra con el abuelo», filme que desbancó a «Tenet» de la taquilla estadounidense. Sus comedias se alimentan de la imagen del actor, de esa actitud ruda e impredecible y, al mismo tiempo, tan vulnerable. Esta cinta no es muy diferente, pero ha tenido un camino interesante hacia la pantalla grande. Habiendo sido filmada en el 2017, fue producida originalmente por Weinstein Company, quedando atrapada en la confusión de la controversia con el Presidente de la compañía. Después de mucho ir y venir por el calendario, esta aventura familiar finalmente llegó a los cines norteamericanos en el mes de Septiembre de este año recaudando tres millones de dólares en un fin de semana, cuando el mercado mantenía cerrado un 16% de su totalidad; Los Ángeles, Nueva York y San Francisco. El estreno de este filme puso en alerta a los principales estudios cinematográficos que descubrieron cómo De Niro, en el género de la comedia, era capaz de arrastrar público a la taquilla y apagar la estela de «Tenet». Robert De Niro De Niro, como Ed, es un anciano cascarrabias que todavía lamenta la pérdida de su esposa. Un tecnófobo incapaz de adaptarse a la llegada de los teléfonos inteligentes, iPads y computadoras portátiles. La película cuenta con un reparto de estrellas: Christopher Walken, Uma Thurman, Rob Riggle, Cheech Marin, Laura Marano y Jane Seymour, quienes acompañan a De Niro en esta aventura cinematográfica que supone su reencuentro con Walken desde que rodaran juntos «El cazador». Sin duda, la guerra con el nieto es un campo de batalla diferente al que vivieron juntos en 1978. «Cuando me enteré que estaban pensando en Walken para un papel, le llamé. Le insistí en que volviera a compartir escenario conmigo y lo logré. Lo hemos pasado muy bien rodando esta película juntos. Nos conocemos desde hace mucho tiempo, somos amigos, que formara parte de mi clan en la ficción, me divirtió inmensamente». De Niro admite haber disfrutado tanto con la filmación de esta cinta, que estaría dispuesto a protagonizar una secuela de la misma. «Eso depende de muchos factores; que el público vaya a verla, que el director tenga un guión, pero si las circunstancias se dan, yo estaría encantado de regresar a trabajar con este equipo porque el resultado es fabuloso. Sería interesante rodar una secuela dentro de la casa en mitad de la pandemia y que la familia estuviera hacinada. Esa sería una buena idea».
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Telecinco prepara «El Emérito», una nueva serie sobre la figura del Rey Juan Carlos
Mediaset España rodará en 2021 «El Emérito», una nueva serie que se centrará en los últimos años del reinado de Don Juan Carlos. Paralelamente a esta producción, la cadena prepara un documental de seis entregas en el que abordará la vida personal, emocional y política de Juan Carlos I desde su niñez hasta nuestros días a través de imágenes de archivo y entrevistas a personas de su círculo más cercano (exjefes de la Casa Real, amigos personales y aristócratas), políticos, expresidentes y reconocidos periodistas expertos en Casa Real. La serie que prepara Mediaset España comienza el 2 de junio de 2014, cuando Don Juan Carlos comunicó al entonces presidente del Gobierno su voluntad de abdicar el trono. «Mi única ambición ha sido y seguirá siendo siempre contribuir a lograr el bienestar y el progreso en libertad de todos los españoles. Quiero lo mejor para España, a la que he dedicado mi vida entera y a cuyo servicio he puesto todas mis capacidades, mi ilusión y mi trabajo», dijo aquel día. Desde finales de mayo de 2019, se retiró definitivamente de la vida pública y comunicó a su hijo que ya no participaría en actos oficiales. El rey Telecinco ya emitió en 2014 la miniserie «El Rey», sobre la infancia, juventud e inicio de reinado de Don Juan Carlos. El primer biopic sobre la figura de Don Juan Carlos. La miniserie, de tres capítulos, recreaba la vida de Juan Carlos I desde su llegada a España con diez años hasta el inicio de su reinado, con un eje narrativo centrado en la relación del monarca con su padre, Don Juan de Borbón. Dirigida por Norberto López Amado y con guion de Santos Mercero, el actor Fernando Gil le interpretó en su etapa de juventud y madurez y los actores Enrique Aragonés y Patrick Criado dieron vida a Juan Carlos niño y adolescente, respectivamente. El elenco se completó con José Luis García-Pérez interpretando a Don Juan de Borbón y Cristina Brondo en el papel de Doña Sofía.
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